Veracidad y amistad en el seno de la familia

28 09 2009

Por Lilián Carapia*

La verdad... funcionaAl descubrir que una persona a la que creía su amiga sentía por ella sólo lástima, Helen Keller le exigió decirle la verdad con estas palabras: «Te amo, no permito que me mientas…». Sirvan para ilustrar lo necesaria que es la verdad a quien ama, y el seno del hogar es el lugar donde el ser humano debe aprender a amar, por tanto, a decir y a vivir en la verdad. Por otra parte, hay que tener presente que « (…) Hay casos en los que el engaño en cuanto tal está permitido e incluso mandado. Por ejemplo, si un criminal nos persigue es lícito engañarlo acerca de nuestro domicilio. Es obligatorio cuando podemos causar un grave daño, físico o moral, a otra persona si decimos la verdad… en este caso, no es falta de caridad engañar, sino es una cariñosa amabilidad. Pero esto lo podemos hacer sólo por medio de nuestra interpretación de una determinada situación, Y no por medio de una mentira.» (Hildebrand).

Verdad y amistad: íntimamente ligadas

Una vez que hemos distinguido la licitud del engaño por motivo de caridad, nos enfocaremos aquí a valorar la verdad y la amistad en el seno de la familia, pero estos argumentos valen en todo ámbito, pues los valores son universales. Es muy necesario que aprendamos a hacer de la familia el lugar donde se aniden las más hondas amistades. Porque es sublime el que alguno pueda decir «mi esposa es mi amiga», o «mi papá es mi mejor amigo». El secreto para lograr relaciones que superen lo meramente sanguíneo es hablarse y andarse en la verdad, bella actitud que posee intrínseca una fuerza de atracción. Qué edificantes encontré las palabras de un padre de familia que me comentó que su hijo le reclamaba porque, a su parecer, él daba mayor confianza a una de sus hermanas. Y él sólo le contestó: «Actúo así porque tu hermana no me dice mentiras, pero tú sabes bien cuántas veces te he descubierto a ti tus trampas. Quiero que me demuestres que puedo confiar en ti también, que seas mi amigo.»

«Como es él serán sus amigos»…

Lo dice el sabio (Eclo. 6, 17). Hablando de quienes se han establecido ya en una actitud fundamental, el veraz y el mentiroso se atraen amigos «como él». Se constata en la realidad que, a quien es veraz, los demás lo pueden conocer de bien a bien, y sabrán qué pueden y qué no pueden esperar de esa persona. Ése alguien puede no ser perfecto, pero inspira confiabilidad. Y el mismo amor a la verdad le obligará a reconocerse con todas sus miserias, y a esforzarse por superarlas. Y los demás lo perdonarán cuando vean esos sus esfuerzos, confiarán en él. Tiene el veraz las puertas abiertas a las «amistades áureas», pues algo muy sutil lo lleva a granjearse el aprecio y el cariño sincero de cuantos le conocen y le aceptan como es.

En el caso de la persona mentirosa, la realidad es bien diversa. Como todo se desmorona cuando no se vive en la actitud moral de la veracidad, la amistad le es imposible a quien vive en la mentira. Quien ni consigo mismo es honesto, jamás tendrá la confianza de los otros; es obvio que no se puede tener por amigo a una persona falsa. Cuando se descubre su hipocresía, se le tiene miedo. Hasta las mejores cualidades de un mentiroso están amenazadas por su falsedad y se tornan sospechosas. A lo más que puede aspirar un mentiroso es a hacerse amistades de conveniencia, es decir, falsas también. Cree el mentiroso que engaña a todos y que es hábil para ganar en sus trampas, pero sólo gana a corto plazo. En realidad el engañado es él, que paulatinamente lo va perdiendo todo y se va quedando solo.

Un defecto cruel

Hay casos en los que la mentira es verdaderamente cruel. Es sumamente duro descubrir en la mentira al padre de familia, por ejemplo, cuando tras un buen tiempo ha sido infiel a la esposa. El trauma es dolorosísimo, sobre todo para los hijos en edad de comprender la magnitud del problema. Pero en nuestros días, este tipo de cosas ocurre con demasiada frecuencia, porque el consumismo nos lo ha vuelto todo «desechable», ¡incluidas la amistad y las relaciones familiares! Es muy triste constatar cada día son más los que tratan a los otros como meros objetos de los cuales sacar algún provecho. Y cuando no pueden usar a alguien lo tratan como si no existiera. Este tipo de persona es la que puede denominarse mentirosa, porque, según Hildebrand, «es la que no tiene reverencia frente a los seres, los desprecia; no reconoce la obligación moral de reconocer las cosas como son. Obviamente esta actitud implica arrogancia, irreverencia e impertinencia. Su desprecio del ser es consciente y culpable». Sólo si puede usar a alguien para su provecho el mentiroso lo llama «amigo». Y esto se torna especialmente funesto en el seno del hogar en el que no se permite al otro –sea el esposo, la esposa o los hijos– expresar sus propias ideas, percibir la vida con sus propios sentimientos e intuiciones, y que con su propia riqueza pueda enriquecer ese hogar en el que Dios lo ha puesto para ello. No hablo de que el hogar deba ser el seno de la anarquía en el que la autoridad se difumine, sino que, habiéndola y respetándola en su justa medida, en él pueda cada miembro ser ayudado, no anulado… Para ello se requieren hondos sentimientos de amistad.

De mentirosos a mentirosos…

Definitivamente que hay de mentirosos a mentirosos, pero Dios da la oportunidad de enmendarse a quienes cometen este grave error, y para ello ayuda hacerse un buen examen de conciencia a fin de descubrir cómo anda nuestra propia veracidad.

Hay mentirosos experimentados, que son convenencieros e hipócritas y que, clara y conscientemente, engañan y traicionan a otros a fin de conseguir sus objetivos. A este tipo de persona, que abiertamente «se envalentona» contra la verdad, Jesús lo llamó «hijo de Satanás», pues tal afrenta es contra Dios mismo, que es el Ser y la Verdad por esencia (cf. Jn 8, 42-44).

Hay mentirosos que se mienten a si mismos, maestros en el arte de confeccionar disfraces que disimulen sus miserias. Son cobardes y suscitan compasión, pero no dejan de ser culpables porque atropellan voluntariamente la verdad, y no perciben ningún conflicto cuando mienten.

Hay aun otro tipo de mentiroso, y es el que «ha roto» con la verdad, y es incapaz de experimentar alegría, entusiasmo o amor genuino. En este tipo de falsedad viven las personas que gustan de aparentar lo que no son. Hay que incluir aquí a los fanfarrones que se dicen «muy auténticos» porque pisotean los valores. A éstos, «el traje de auténticos les queda muy grande». También entran aquí aquellas personas cuyas opiniones y convicciones les son impuestas por otros, y sólo repiten lo que han dicho los demás sin dejarse influenciar verdaderamente por el objeto en cuestión. No es difícil encontrarlas en nuestros días, en los que cualquiera aparece como modelo a seguir y ciertamente gana seguidores sin criterio… Y las personas que distorsionan las cosas, las que todo lo exageran debido a su gran orgullo: las penas, las alegrías, el amor, el odio, el entusiasmo, son también mentirosos de este último tipo.

Nada como andarse en la verdad

Para calibrar nuestra veracidad habrá que ver primero cómo andamos en la humildad. La humildad es andarse en la verdad, solía decir santa Teresa. Sólo la persona humilde es realmente verdadera. Cultivemos esta virtud en el seno del hogar. Siendo humildes podremos fomentar que las más bellas amistades se aniden en el hogar, y hacer que este perfume se expanda a la sociedad, tan necesitada de valores. Mentir deliberada y maliciosamente constituye una profunda falta de caridad, y un abuso de la confianza que la otra persona ha puesto en nosotros. Estamos obligados a estar de acuerdo con la verdad en todo cuanto afirmamos, a abstenernos de construir un mundo falso. La razón es muy sencilla: toda falsedad constituye una negación de Dios. Lo más sublime de la persona veraz es que sabe respetar a cada persona como tal. No se cree omnipotente ni pretende que es la realidad la que tiene que rendirse frente a él; sabe que mentir es ponerse contra Dios, el Ser absoluto, el Señor del ser.

* Lilián Carapia es licenciada en Filosofía y religiosa del Instituto de Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, en México. Lee otros artículos suyos

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30 09 2009
JESUS RIVERA MARTINEZ

APOCALIPSIS 21,8 “…Y TODOS LOS MENTIROSOS TENDRAN SU PARTE EN EL LAGO DE FUEGO Y AZUFRE…”

JESUS CUANDO ESTUvO CON NOSOTROS FUE SACRIFICADO POR TRAERNOS LA VERDAD, AL IGUAL QUE MUCHAS OTRAS PERSONAS A LO LARGO DE LA HISTORIA HAN SIDO TRATADAS DE MENTALMENTE INSANOS, INSURRECTOS, BLASFEMOS, ENEMIGOS DE LA FE, ETC.

AUNQUE DIOS NOS DÉ LA OPORTUNIDAD DE CORREGIRNOS LA LUZ (JUAN 14:6) ES TAN FUERTE QUE NOS LASTIMA, HIERE Y MATA.
¿CUANTA GENTE ESTA DISPUESTA A MORIR Y NACER DE NUEVO (JUAN 3:3)?
¿CUANTA GENTE ACTUALMENTE VIVE CONFORME A LA PALABRA DE DIOS?

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