La esperanza, esa “niñita de nada”

5 10 2009

Por Pedro M. Lamet, sj

Hoy casi nadie habla de Charles Peguy. Pero yo lo traigo a este blog porque lo considero el gran poeta de la esperanza. Y en estos momentos necesitamos de esa “llama temblorosa”, una “niñita de nada”, al lado de sus hermanas mayores la fe y la caridad. Charles no tuvo una vida fácil. De origen modesto, se quedó sin padre apenas nacer y su madre se ganaba la vida empajando sillas. Hasta que una beca le abrió las puertas de la cultura. De convicciones socialistas, como sus amigos impresores y libreros, se acercó al catolicismo en 1906, en compañía de Maritain, hijo de una querida amiga.

A partir de entonces hace compatible su obra en prosa, a menudo política y polémica, con obras místicas y líricas. El hecho es que por su manera de ser apasionada, resultaba sospechoso tanto para la Iglesia como para los socialistas. La Iglesia Católica no lo aceptó en su seno al negarse a bautizar a su mujer e hijos, y se convirtió en lo que él llamaba un “cristiano sin iglesia”, un término que con los años se hizo bastante frecuente. La maldita guerra mundial nos lo arrancó. Murió en combate en la batalla de Marne, en Villeroy, cera de Meaux, el 5 de septiembre de 1914.

En el siguiente poema, que copio aquí, como una llama encendida en medio de la oscuridad de nuestro mundo, habla Dios de ésa su hija, la más pequeña, que hoy tanto necesitamos: la esperanza.

“Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña,
me extraña hasta a Mí mismo,
esto sí que es algo verdaderamente extraño.
Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas
y que crean que mañana irá todo mejor,
esto sí que es asombroso y es, con mucho,
la mayor maravilla de nuestra gracia.

Yo Mismo estoy asombrado de ello.
Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble
y que brote de una fuente inagotable
desde que comenzó a brotar por primera vez
como un río de sangre del costado abierto de mi Hijo.

¿Cuál no será preciso que sea mi gracia y la fuerza de mi gracia
para que esta pequeña esperanza,
vacilante ante el soplo del pecado,
temblorosa ante los vientos,
agonizante al menor soplo,
siga estando viva, se mantenga tan fiel, tan en pie,
tan invencible y pura e inmortal e imposible de apagar
como la pequeña llama del santuario
que arde eternamente en la lámpara fiel?

De esta manera,
una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos,
una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos,
una llama imposible de dominar, imposible de apagar al soplo
de la muerte,
la esperanza.

Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,
y no salgo de mi asombro.
Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,
esta pequeña niña esperanza,
inmortal.

Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel,
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.

Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con Enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento,
cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.

Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que
atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.
Como la estrella condujo a los tres Reyes Magos desde
los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,
así una llama temblorosa, la esperanza,
ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos,
una llama romperá las eternas tinieblas.

Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.

Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña”

Gracias, Charles. La metralla no pudo con tus versos. Ni con tu esperanza, tan pequeña y grande, que titila detrás de esta bruma de noticias, crisis, nuevas guerras y viejos temores.

(Fuente: blog ‘El alegre cansancio’, 27/09/2009)

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