¿Estigmatizados de por vida?

27 10 2009

Año Sacerdotal. Por José Carlos Rodríguez*

El domingo 13 de enero de 2008 permanecerá siempre en mi memoria. Aquel día celebré la Eucaristía en una escuela de Kampala y, a continuación, me dirigí para hacer lo mismo en un pueblo cercano. Fue mi último servicio pastoral como sacerdote. Tras volar a Madrid esa misma noche, dos días después me encontré en un escenario harto distinto: haciendo cola a las puertas de una oficina del INEM. Atrás quedaban dos décadas de duro trabajo en el norte de Uganda con comunidades rurales desplazadas por la guerra y con niños soldado. Tras 22 felices años de sacerdocio, mi vida tomó otro rumbo. Delante de mí se presentaba un mundo desconocido: papeleos sin fin, despistes y desorientación en mi propio país, búsqueda de trabajo a una edad en la que muchos se prejubilan y los mil retos de ser padre de familia. La primera frustración me golpeó al cabo de dos meses, cuando el INEM me comunicó que no tenía derecho a recibir ningún subsidio de desempleo, ya que mis años de trabajo en África no contaban. Años, por cierto, tampoco cotizados a la Seguridad Social ni remunerados. Empecé desde cero, aunque mis estudios de Periodismo me hicieron tener más suerte que otros a la hora de buscar trabajo. Y mi congregación –los combonianos– me ayudó hasta que pude conseguir una cierta estabilidad.

Dicen que somos 5.500 sacerdotes secularizados en España. Cada historia es diferente, pero es posible que la experiencia de muchos sea similar a la que acabo de contar. Si las cosas fueran de otra manera en la Iglesia, muchos de los que nos hemos casado estaríamos encantados de poder seguir ejerciendo el ministerio, subsanando así en alguna medida el invierno vocacional que vivimos. Pero tal vez sea mejor ser realistas y admitir que esa posibilidad, hoy por hoy, está cerrada y más vale no enzarzarnos en una discusión que suele acabar en un diálogo de sordos. Más allá de polémicas, creo que se facilitaría bastante el entendimiento si los cinco mil y pico empezáramos por admitir, con humildad, que un día prometimos ser célibes y no lo cumplimos. Despojarnos de la autodefensa y de la tendencia a echar las culpas a otros (tengamos o no razón) puede allanar muchos caminos.

No todos los casos siguen el mismo patrón. Hay quien se tomó la molestia de intentar regularizar su situación, y hay quien se desentendió del tema, entre otras razones porque –hasta hace muy poco– conseguir la secularización era un farragoso proceso que podía tardar muchos años, durante los cuales el ex cura se quedaba en una situación de limbo. Hoy día las cosas parecen haber cambiado, y desde Roma se agilizan los procedimientos, por lo menos para los casos que parecen irreversibles. Personalmente, en poco más de un año yo recibí mi dispensa, lo que hizo posible que mi mujer y yo pudiéramos celebrar nuestro matrimonio, aunque no pudimos hacerlo en el pueblo de ella, en Uganda, porque –a pesar de tener todos nuestros papeles en regla– el obispo ordenó al párroco que nos cerrara las puertas.

No me sorprendió demasiado. En apenas año y medio, la experiencia me ha enseñado que en muchos ambientes se nos mira como si lleváramos un estigma. Se nos aconseja que celebremos nuestra boda “sin pompa” y que procuremos vivir alejados de las parroquias donde ejercimos nuestro ministerio. Si uno se permite expresar opiniones sobre la Iglesia consideradas poco ortodoxas (aunque haya obispos que las defiendan), el apelativo de “cura secularizado” se lanza como arma arrojadiza para descalificar al que las sostiene, tachándole de “rebotado” o “resentido”, cuando no de “Judas”. En muchos ámbitos de la Iglesia uno se encuentra con puestos de enseñanza vedados o, por lo menos, con actitudes que te hacen sentir como persona poco grata. Lo viví en mis propias carnes el año pasado, cuando fui despedido de una prestigiosa institución de la Iglesia española tras seis meses de trabajo marcados por sospechas y frases pronunciadas a medias. Habrá de todo, pero por lo que llevo visto, generalmente en instituciones de la vida religiosa la actitud suele ser mucho más comprensiva y flexible, algo muy de agradecer.

Al comienzo del Año Sacerdotal, el cardenal Bertone declaró que este acontecimiento buscaba también “una reanudación del contacto, de la ayuda fraterna y, si es posible, volver a unirse con los sacerdotes que por diferentes motivos han abandonado el ejercicio del ministerio”. Sería muy de agradecer que estas palabras no cayeran en saco roto.

(Fuente: revista Vida Nueva, nº 2678)

* José Carlos Rodríguez es licenciado en Teología y Periodismo. Durante 20 años ha sido misionero en Uganda. Actualmente está casado y vive en Madrid. Lee otros artículos suyos en FAST. Conoce su blog.

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2 responses

1 11 2009
José Luis Méndez Muñoz

Me conmueve el texto. Creo que rezuma humildad y sentido común. Da la sensación de que, quien lo escribe, lo hace con una sonrisa, con una mirada amable y espíritu evangélico.
Vaya para él y los suyos mi abrazo fraterno, mi comunión en Cristo y mi esperanza en que esta situación histórica, y por tanto mudable, pase pronto y se abran caminos de reflexión sobre el celibato y el sacerdocio ministerial..

22 01 2010
Maricrys

Me parece que tardaste mucho tiempo en discernir tu verdadera vocación. Los años en el seminario no te ayudaron a comprender que tu vocaión no era el sacerdocio sino el matrimonio. Sin embargo te ordenas, te casas con la iglesia, como Cristo, y despues de 22 años decides separarte, porque no estás conforme con las renuncias a las que un dia supuestamente dijeste sí. Es triste pensar que hoy vivas intraquilo y atormentado. Solo el Dios al que le serviste, puede hacerte verdaderamente feliz, sin Él no alcazarás la paz en tu corazón.

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