El Dios que me habla (IV): ¿y la justicia?

29 10 2009

Por Jairo del Agua*

Vengo defendiendo en este largo artículo que no existen castigos divinos, ni infiernos sin fin. Ha habido lectores -teólogos algunos- que me han recordado que Dios es infinitamente bueno, pero también infinitamente justo. Sí, yo también lo aprendí cuando era chico. Y recuerdo que mi imaginación infantil desarrolló la figura de un gran sheriff de cara afable pero bien pertrechado con unas magníficas pistolas de plata. Al que se salía de cauce ¡disparo certero! y… al hospital o al cementerio, según el pecado fuera venial o mortal. Era una imagen perfectamente acorde con el catecismo: “premiador de buenos y castigador de malos”.

Después he buscado sinceramente al Creador y se han difuminado sus cartucheras. Nada debía temer puesto que yo era un tipo ordenado y responsable. Sin embargo, me acercaba a Él con precaución y nunca, nunca me atreví a mirarle a la cara por si me encontraba con el “infinitamente justo” y “castigador de malos”. Hasta que el trato frecuente y la familiaridad me envalentonaron. Un día me atreví a mirarle a los ojos –“que tengo en mis entrañas dibujados”[1] y sólo vi: ¡Te quiero! Me eché a llorar como un niño y la tensión de mis prevenciones se diluyó en lágrimas. Parecida historia encontré en un libro de cuentos[2] que me hizo volver a llorar. Desde entonces no creo en la justicia de Dios. ¡Se le cayeron las cartucheras!

Además, a uno le gustan las lecturas provocativas y encuentra historias como éstas:

–   Una adúltera -no arrepentida y aterrada por la inminente pedrea- es sentenciada: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra… tampoco yo te condeno, vete y no peques más” (Jn 8,7-11). ¿Qué clase de justicia es ésa? ¡Y encima desafiando la Ley!

–   Un estafador, pequeño y malencarado, escucha: “Hoy tengo que hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). ¡Pero, hombre, si a este tipo había que cortarle las manos como mínimo! ¿Cómo se puede confraternizar con los injustos?

–   Un “hijo fiel” espera justicia y se encuentra con agasajos al “hermano sinvergüenza y rebelde” (Lc 15,11). ¿Dónde queda la justicia, la retribución del delito?

–   Sigo leyendo y me encuentro con un recetario de injusticias: “Al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra” (Mt 5,39), “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5,44), “Él es bueno con los desagradecidos y con los malvados” (Lc 6,35), “No cortéis la cizaña” (Mt 13,28). Y así una tras otra. ¿Dónde está la justicia infinita? ¿Quién nos vengará de los opresores?

–   Llego al final de mis lecturas y ya es el colmo. Unos torturadores y asesinos escuchan de su propia víctima inocente esta durísima sentencia: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¿Dónde está el castigador de malos?

¡No, Dios no es justo! No con la “justicia punitiva” y humana que le colgamos. Sólo le es aplicable la justicia, sinónimo de “bondad” y “buen gobierno”, tan frecuente en los textos bíblicos. Cuanto más buscas, más te topas con el Amor. No, Dios no castiga, no tiene un lado amable y otro colérico. Somos nosotros los que, al separarnos del amor, nos vamos hundiendo en las “tinieblas exteriores” (Mt 22,13). Lo mismo que, cuando nos alejamos del sol, nos morimos de frío. No es que el sol nos ajusticie con la congelación -qué absurdo- somos nosotros los que elegimos alejarnos de nuestro hábitat, de la atmósfera ordenada y limpia del universo, del amor. ¡Qué perversa miopía atribuir las consecuencias de nuestro alejamiento a quien nos ama, nos atrae y nos busca desesperadamente!

Olvidamos con necia frecuencia el principio básico de la libertad: a tal decisión, tal consecuencia, a tal camino, tal destino. Si todas las opciones llevasen a un mismo punto, la libertad sería un camelo. Los distintos actos tienen consecuencias distintas. No existen actos neutros. O avanzamos hacia el amor (felicidad) o hacia el dolor. ¿Cuándo nos convenceremos que estamos hechos de amor y para el amor? Nacemos libres porque somos hijos de la Libertad absoluta. Es un privilegio, nunca una prueba o una trampa. Por eso nacemos con la brújula incorporada. Nuestra libertad está muy bien arropada por la inteligencia, la energía y el amor. Es un tremendo disparate tirar la brújula.

Cuando despreciamos el amor -don divino por excelencia-, sufrimos o hacemos sufrir. Entonces nos hundimos en la injusticia (consecuencia del desamor). Es como si lanzásemos piedras en nuestra vertical, antes o después nos caerán encima. A veces las consecuencias tardan en llegar. Eso puede convertirnos en vividores imprudentes, incluso en alimañas inhumanas.

La justicia es la fuerza gravitatoria que nos mantiene unidos al Amor. Nuestra libertad puede desafiar esa fuerza y separarse. Cuanto más lejos y más tiempo permanezcamos en el vuelo errático, más dolorosa y difícil será la vuelta a la órbita. Pero, sea en esta vida o en la otra, con más o menos esfuerzo según el grado de ruptura, todos volveremos al centro de gravedad de la creación, al cenit de la humanidad, al punto omega, al Amor Creador.

No existe un Dios colérico, ni vengador, ni castigador. Ni, por supuesto, un sheriff vigilante. Ésas son figuraciones antropomórficas y metafóricas de unas u otras épocas. Somos nosotros los que bajamos a la cólera, la venganza, la desgracia o el suicidio. Sólo existe un Dios Amor que nos llama con total gratuidad e infinita dulzura. Podemos oír su llamada o fugarnos tras las baratijas.

Cuando -consciente o inconscientemente- nos fugamos, sufrimos las consecuencias. Es la historia del hijo pródigo. Lo dice la sabiduría popular: “en el pecado está la penitencia”. Pecado es todo desprecio del amor. La penitencia es la justicia, siempre incorporada al desamor como consecuencia. Unos la sufren en esta vida. Otros la sufrirán en la otra cuando, despojados de la opacidad de la carne, vean que Dios es amor, nada más que amor. Sufrirán mucho al verse lejos de su felicidad. La justicia es el resultado de acercarse o alejarse del Amor. Así de simple.


[1] Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, v. 55.

[2] Anthony de Mello, “La mirada de Jesús” en El canto del pájaro, Pág. 148.

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos

Lee otros artículos de la serie «El Dios que me habla», de Jairo del Agua:

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