¡El mejor regalo!

3 12 2009

Por Maribel Montiel*

Ahora que los comercios empiezan a ofrecernos los adornos, los turrones y los regalos de Navidad, y que la gente se apresura a comprar la lotería con la que desean cambiar su suerte, yo quería hablar del mejor “regalo” que se nos avecina. Me refiero, claro está, al nacimiento de Jesús.

Porque a pesar de tanto preparativo para celebrar la Navidad, parece que nos hemos olvidado de lo esencial de esa fiesta y de su razón de ser. En la sociedad española actual existe una corriente antirreligiosa que pretende que nos avergoncemos de nuestra fe, e intenta borrar todo lo que hace referencia a Dios. Unas veces es atacado abiertamente lo cristiano —y sobre todo lo católico—, otras se ridiculiza porque se considera algo trasnochado y otras se opina, sin conocimiento de causa, destacando las actuaciones negativas de algunos miembros de la Iglesia, pareciendo ignorar todo lo positivo que predomina en ella. ¡Y a mí que me parece que todo eso ocurre, principalmente, por desconocimiento de lo que supone conocer a Jesucristo y sentirse hijo de Dios…!

Nosotros, los que creemos en Cristo y nos sentimos felices de seguirle, tendremos que transmitir a los que no le conocen, que habernos “encontrado” con Él es lo mejor que nos ha pasado en la vida. Jesús ilumina nuestra realidad personal, nuestras inquietudes, y es la clave para comprender el sentido de la vida, ese sentido del que carece muchas veces nuestro mundo.

Los psiquiatras reconocen que, en un tanto por ciento muy elevado de sus pacientes, el mayor problema es la incapacidad de dar sentido a su vida. Se da con frecuencia entre jóvenes, que después de haber experimentado todo lo que les ofrece una sociedad  consumista como la nuestra, carente de todo sentido espiritual, se dan cuenta de que se sienten vacíos.

Es triste pensar que muchas personas no han podido o no han querido acercarse a Dios, quizás porque la vida está demasiado llena de “cosas” que parecen colmar todos los deseos y aspiraciones. Pero el ser humano tiene necesidad de trascendencia, de llenar su vida de algo que no sea lo puramente material. Sin darse cuenta, busca a Dios.

Y precisamente Jesús vino a mostrarnos el camino para encontrarnos con Él. Claro que, ese camino no siempre es fácil, porque nuestra mente no es la de Dios; nuestros deseos, aunque sanos, no siempre coinciden con los suyos y eso puede decepcionarnos. Nuestra suficiencia puede impedirnos reconocer que estamos necesitados de alguien, aunque ese Alguien nos acoja como Padre, nos comprenda, y no nos exija nada a cambio.

El encuentro con Jesús nos abre al mundo y a su dolor, y nos ayuda a vivir con esperanza y a contagiarla a otros. Como decía Benedicto XVI en su primera homilía como Papa: “No hay nada más hermoso que haber sido sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que comunicar a los otros la amistad con Él”.

Ser cristiano no es algo aburrido y fatigoso, no es alienante, no consiste en cumplir una serie de preceptos. Es, sobre todo, vivir el encuentro con el ser que más no ama: ¿hay regalo mejor?

Para mí, creer en Jesucristo es creer en la humanidad. Su mensaje es un mensaje de amor, un mensaje de fraternidad. Él me ayuda a actuar como debo y sé que me perdona siempre, aunque alguna vez actúe mal. Me da fuerza para hacer el bien, para realizarme como ser humano y relacionarme con los demás. A Él puedo acudir para contarle lo que no le cuento a nadie y sé que me escucha y nunca me abandona. La paz interior que me infunde el sentirme amada por Dios no es comparable con ninguna otra cosa.

Deseo que todos los que aún no han tenido la suerte de encontrarse con Jesús puedan experimentar pronto esa alegría. Él, cuando estuvo entre nosotros, acogió a todos, perdonó a los pecadores, curó a los enfermos y nos enseñó a amar, incluso a los enemigos.

No olvidemos que lo que celebraremos en Navidad es que Jesús quiso hacerse uno de nosotros para transmitirnos su mensaje, no sólo con palabras, sino sobre todo con su vida. Intentemos que este Adviento suponga una preparación interior para poder celebrar después una nueva y verdadera Navidad. Dios nace cada día, se queda a nuestro lado y nos invita a vivir de manera nueva.

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de E. Primaria. Lee otros artículos suyos

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