¿Son los derechos humanos una verdad moral laica o cristiana?

11 12 2009

Por José Ignacio Calleja*

El Día Internacional de los Derechos Humanos, celebrado el pasado 10 de Diciembre, me provoca una inquietud semejante a la de millones de personas con buen corazón. ¿Qué es de los derechos más fundamentales de tantos y tantos hermanos nuestros, en un mundo único y en la única vida que a cada uno nos toca en “suerte”? La respuesta nos llega por mil caminos y mil voces se juntan en un lamento, a veces, en una denuncia, otras, y un silencio, las más.

El hecho social, y político, y personal, de la falta clamorosa de derechos fundamentales en tantos lugares y para tantas personas, suscita muchas denuncias y no pocas luchas de la gente. Minorías, en general. Yo creo que es así. Minorías, salvo cuando nos afecta directamente a nosotros. Por tanto, este sería el primer dato a retener y valorar. Son minorías quienes luchan por los derechos humanos de todos, cuando ellos no están directamente afectados. El punto de partida, ¡pre-consciente!, es algo así como, ¡no con lo mío!, o ¡mi modo de vida es innegociable!, y a partir de aquí, hablemos de justicia universal. Y lo mío son cosas, y son ideologías y costumbres, y son hechos jurídicos. ¡No con lo mío!

Pero, hoy, no quiero seguir este camino. Como hombre del mundo cristiano, me preocupa la acogida de los derechos humanos en nuestras convicciones morales. Me inquieta, hoy, esa acogida de los derechos humanos en nuestra moral cristiana, y esto como algo inapelable en su valor y necesidad. A mi juicio, varían algunas razones de fondo respecto a la moral civil, la fe ilumina con peculiaridad teologal las razones antropológicas, en un discernimiento de ida y vuelta, pero las reconoce y acoge, y es la misma necesidad y urgencia, la misma potencialidad de nuestra dignidad de personas la que nos convoca cada día a su verificación en los grandes principios y pautas éticas, y a su concreción en las leyes comunes. Me da mucho miedo un cristianismo que no sepa valorar la dignidad humana y sus derechos, la exigencia moral inapelable que ahí se genera, si alguien en él perdiera la fe.

Lo diré más sencillo. Tiene una importancia desmedida sumar a los cristianos al empeño por la justicia de los derechos humanos de todos y siempre. La tiene para mí, claro está, por sus efectos prácticos. Pero también, por la propia verdad de la fe en la encarnación. Y por la verdad  de nuestra condición de personas con dignidad. Hay diferencias en las concreciones finales, pero compartimos mucho más de lo que reconocemos con la gente de bien. En este sentido, yo sé que es fácil criticar los errores ajenos, y lo merecen, pero hay uno propio que debemos revisar. Los creyentes tenemos la idea de que la dignidad de la persona, sin afirmar a Dios, es un consenso a la baja en derechos y deberes al gusto de cada cual, un compromiso de quita y pon. Esto, a mi juicio, es una simplificación. Cuando de hecho ocurre, no es necesariamente por la falta de fe en Dios, sino por la falta de respeto a la dignidad propia de quienes así actúan o actuamos. Es decir, a menudo somos indignos en la definición de nuestra dignidad. Pero lo mismo ocurre cuando el pecado nos afecta a los creyentes, y somos pecadores (indignos) en la definición de nuestra dignidad. Creer que Dios nos libra de estos “patinazos” es una mitificación de la religión. No sé si es más difícil, quiero pensar que sí, pero llegada la indignidad (el pecado), de sus efectos inmorales no te libra ni Dios (mis disculpas por la forma).

Pero volvamos a lo de ser dignos al definir nuestra dignidad en derechos y deberes, en pautas morales, y al cabo, en leyes democráticas. ¿Por qué la moral civil no es, no puede ser, un consenso a la baja, un compromiso de coyuntura? Porque en su definición no entra lo que a cada grupo o persona le apetece, sino lo que exige este principio vital: si no respetamos la igualdad y libertad fundamental de todos, y especialmente de los más débiles (las víctimas) en la comprensión de un principio moral (no matarás, no torturarás, no robarás, no mentirás, no abusarás de otro, no lo manipularás y tratarás como instrumento, no acumularás hasta la ofensa del pobre, nada sin la participación igual y soberana de los afectados…), y en las pautas morales y leyes subsiguientes, somos indignos en la definición de la dignidad. Es evidente que hay un procedimiento —¡cargado del valor ético de la persona!— para todos los seres humanos, creyentes o no, al definir qué significa dignidad y derechos fundamentales. No es opcional y arbitrario, o a la carta. Desde luego, no necesariamente más, que en una moral religiosa. Las religiones y las culturas tienen esta exigencia de proceder en respeto de la igualdad y libertad de todos —¡de todos!— y sin ella no son dignas de la dignidad. Es la experiencia íntima y universal que se nos desvela connatural en nuestra conciencia. Por eso decimos, en el encuentro con los otros, y al interior propio, soy persona.

Si nos acercáramos un poco a esta pauta, el vuelco histórico sería evidente, y la moral civil y la moral religiosa se mostraría que aprenden en la misma gramática, ¡la experiencia integral del ser humano en el mundo!, y convergen necesariamente en la misma obligación, “ser dignos de nosotros mismos al definir la dignidad de todos”. En teología, ser dignos de la dignidad de quien nos ha creado por amor y con amor nos llama a dar cuenta de nuestra experiencia. Cuando esa experiencia de fe se hace razón moral, surcan las aguas con mil barqueros cuyo error puede ser, y es muchas veces, remar a contracorriente, mas no porque sin Dios podamos elegir el sentido del bien y del mal, sino porque ignoramos las buenas artes de la navegación moral, unos por dejación de responsabilidad con la dignidad propia y común, y otros, por dejación de la responsabilidad con esa misma dignidad y el Amor que, en la fe, la ilumina y funda; pero los errores y pecados son propios, no necesariamente un privilegio que los dioses dan a los suyos y con el que castigan a los otros.

Por tanto, no niego, sino que afirmo todo lo que aporta la fe en Dios al afirmar la dignidad de la persona, pero sí digo que la razón humana integral tiene potencial y obligación ética para afirmar esa condición y esa valía, y que verlo probado es un gozo para la fe y una reto para compartir una moral civil tan necesaria en la democracias como posible, y en absoluto, un consenso raquítico y a la baja, opcional y al gusto de cada uno. Esto hay que criticarlo donde se dé, pero no es eso, y ¡ay de los cristianos que lo vivan así, qué poco van a valorar las exigencias morales de la dignidad si les flaquea la fe, o qué poco van a apreciar la democracia en sus logros si no legisla a su estricto gusto en todo!

A partir de aquí viene la política y cómo abordar los conflictos, las diferencias de criterio y las formas de las leyes, incluso la desobediencia civil, pero el procedimiento de los iguales en derechos y libertades, y la sustancia personal que lo exige, es inapelable e irrenunciable, en al fe y en la razón, juntas y por separado. Los cristianos deberíamos reconocer y valorar el peso ético de esta experiencia humana compartida (la persona y su dignidad incondicional) como una realidad incuestionable a la luz de la fe, y a luz de al razón integral del ser humano, también; con la medida de lo humano, desde luego; tampoco la fe nos pone a la altura de los dioses, ni en comunicación moral directa con ellos; no seamos vagos en la razón, ni en la fe. Sabemos mucho por tradición, pero la historia nos exige respuestas nuevas en el Espíritu  de siempre, y ni la razón es un seguro de vida para acertar, ni la fe viene al mundo con la lección aprendida. Todo es más humano, y a la vez, nada arbitrario; más divino, y a la vez, más responsabilidad histórica. Es la Creación y la Encarnación.

* José Ignacio Calleja es sacerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos

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11 12 2009
felix

El autor del cuarto describe en una arquitectura literaria perfecta, la Encarnación de la Palabra. el de San Juan dice asi: ” La palabra se hizo carne y habito entre nosotros, y nosotros hemos visto su gloria como la del Unigenito del Padre, lleno de la gracia y de la verdad. El misterio escondido durante siglos se manifiesta en el lenguaje humano, bajo la comprension de la fe y en la intimidad del corazón

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