Apenas hay cristianos

23 01 2010

Josep María Margenat*

«Si apenas hay ya cristiandad, en cambio sí hay cristianos. Cristianos escogidos; que preparan el futuro en secreto. El hecho de que haya en cada una de nuestras clases de humanidades, en cada uno de nuestros auditorios universitarios, algunos creyentes fervorosos, que tienen una vida espiritual infinitamente más exigente que la de nuestros padres en la fe (me refiero a los del siglo XIX), constituye una esperanza y una alegría. La apostasía planetaria de los conjuntos sociales se compensa con el vigor de la fe de los grupos selectos». Esto escribía Charles Moeller a mediados de 1953. Así comenzaba el prefacio de su monumental Literatura del siglo XX y cristianismo. Lo releí el día de comienzo de curso, pensé en los alumnos christiani absconditi con quienes me iba a encontrar aquel día.

Desde hace años me interesa comprender la debilidad de la fe de los cristianos en el siglo XX, un siglo que también ha sobresalido por auténticos mártires y conversos, aunque al final predomina la oligopistía, la debilitada y poca fe. ¿Por qué ese debilitamiento? 56 años después, la apostasía planetaria no parece disminuir; las “creencias” ya no están de vacaciones, la religión ha vuelto, esta vez para quedarse. Sin embargo, la pregunta nos acucia: ¿quedan creyentes cristianos? ¿Somos los últimos? ¿Está sólo muriendo una forma histórica de cristianismo? Aún no lo sabemos.

Parece que junto a una fe más intensa, una creencia más personal, lo que ha venido ocurriendo en los últimos decenios ha sido diferente a lo que previó Moeller. Hemos entrado en un proceso acelerado de pérdida de significación, de progresiva irrelevancia de la fe cristiana realmente vivida. De la irrelevancia surgen las reacciones obsesivas, compulsivas diría, por afirmar la identidad, las identidades.

Pero las reacciones identitarias no pueden ocultar la invisibilización cristiana, antes bien refuerzan el “marco mental” de la pérdida de significación que tanto agitan. Estamos de retirada, el fermento no se ha mostrado —¡todavía!— fecundo. La sectarización reactiva del cristianismo no es más que la otra imagen de la sectarización exculturada en la que nos movemos. La difusa disociación entre práctica religiosa y vivencia cotidiana hace crecer el abismo entre el credo profesado y los modos colectivos de pensar, de actuar, entre el mensaje al que nos adherimos o decimos hacerlo y el estilo y mentalidad dominantes. Esta distancia no se da sólo entre sociedad y comunidad cristiana, sino al interior de ésta. El cristianismo, reconozcámoslo, es culturalmente imperceptible en todos los ámbitos del saber y de la creación.

Los cristianos “escondidos” podrán volver a ser cristianos “perceptibles”, es decir, vivos, relevantes, significativos, si asumen como tarea esencial de los próximos años construir un proyecto cultural. No podemos seguir reaccionando en retirada ante la desaparición de los crucifijos, ni tampoco reaccionar agresivamente. Hemos de conseguir que en el “marco mental” de la mayoría de los ciudadanos entre natural, lógicamente, la petición de que haya crucifijos en los lugares públicos (en realidad, me importa muy poco que haya crucifijos; uso el ejemplo por su actualidad). El proyecto cultural de los cristianos entraña una dinámica de búsqueda, de propuesta y de diálogo con la sociedad. Como proceso debe permitir la emergencia y la relevancia del contenido cultural del evangelio como aportación de los cristianos a la vida pública; su estilo, estimulante, fraterno y profundo; su modo de proceder, la instauración de “circuitos virtuosos” de colaboración que creen convergencia con otras pertenencias y raíces y hagan aportaciones sustantivas a la vida pública.

Ángeles y ciervos

Los ángeles existen, pero no los reconocemos fácilmente. Los lectores de nuestra revista, ciervistas o cervunos —¡tanto da!— tienen más facilidad que otros muchos para reconocer los ángeles que pueblan sus vidas. Los ciervos reconocen mejor a los ángeles. Unos caminan delante de nosotros, no les vemos, otros vienen a nuestra casa sin anunciarse y aún hay otros que se alejan súbitamente sin que nos demos cuenta. En esta glosa quiero hablar de algunos ángeles. Hélène y Pierino son franceses, alumnos míos en Pensamiento social cristiano. Son los mejores: siguen con mucha atención los cursos, leen siempre, estudian, hacen los trabajos. Un día hablamos sobre su interés por la asignatura. Me dicen que se han inscrito para conocer algo del cristianismo. Con naturalidad me dicen que son ateos. ¿Serán nietos de aquellos alumnos de 1953?

(Fuente: revista El Ciervo, nº 706, enero 2010)

* Josep María Margenat es jesuita, profesor de Ética Social en ETEA (Universidad de Córdoba)

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23 01 2010
rogelio

Padre, me reconozco pecador y sé que muchas veces he caminado lejos de Tus caminos. Pero ahora deseo cambiar mi vida. Te abro mi corazón para que en él entre Jesús, para que lave con su sangre mis pecados, para que Tú me perdones y me recibas como a un hijo que desea permanecer a Tu lado para siempre. A partir de ahora, deseo empezar una nueva vida con Tu ayuda. En el nombre de Jesús, ahora siempre por los siglos de los siglos amen. Un humilde siervo del Señor.

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