Ciudadanos y cristianos demasiado realistas

5 02 2010

José Ignacio Calleja*

Hoy quisiera reflexionar sobre el realismo. Sí, el realismo, eso que se ha puesto tan de moda en la vida social. Hay que ser realistas, se dice. Por tanto, no teman, no voy a hablar de un estilo en las artes, sino del realismo como actitud en la vida. Y digo que se ha puesto más de moda que nunca. Hay que ser realistas, decimos. La realidad le enseñará, oímos. La realidad siempre se impone, suele escucharse. Durante muchos años, cuentan nuestros padres que esta fue la máxima en la vida. Un realismo a prueba de bombas.

Pero vengamos a algo más concreto en eso del realismo. Un ejemplo es el caso Obama; sí, ese señor supuestamente tan poderoso. Dicen de él que no está cumpliendo casi nada de lo que prometió, y, los mismos, ¡ésta es la cuestión!, los mismos le reprochan que es un demagogo que se ha hecho con el poder con unas promesas imposibles y que hasta intenta cumplirlas. Le falta realismo político, dicen. ¿Qué es entonces el realismo en este caso? Pues será más cosas, pero una es clara. Y es que la vida social tiene sus grupos de poder que, de verse cuestionados en su propiedad o poder político, se rebelan en aras de la realidad. La realidad es aquello que se puede tocar pero poco, para que cambiando algo, nada cambie del todo. Faltaría más. Vivimos en una pirámide y la ley, si es posible democrática, debe proteger esa estructura. Y si alguien dice, ¿cómo se logró, cómo se mantiene, qué oportunidades de vida iguales da? La respuesta es que “a usted le falta realismo y es un demagogo. ¿Cree usted que las grandes democracias, los países que hacen historia, se plantean estas dudas?” Y concluyen, “la democracia española —o en otro debate, el catolicismo social— es una joven novata que se ahoga en su mala conciencia. ¡Por Dios, por Dios, no nos perdamos en retórica adolescente! O sea, vamos a ser buenos y patriotas, pero cada uno en su sitio, y si no, me enfado y rompo las reglas del juego. Soy demasiado grande para caer sin provocaros un desastre, dice el banco en ruina; he llegado demasiado arriba en la institución social que sea, para reconocer ahora unos derechos humanos de todos, de todos, que la cuestionen.

Otro ejemplo actual como la vida misma. Durante años, cuatro o cinco millones de inmigrantes se han incorporado a la vida social española. Al llegar la crisis, muchos de los que antes eran necesarios, ahora dejan de serlo. De momento. Por unos años, al menos. Hay que plantearse —se dice— el número de inmigrantes, porque hay que ser realistas, es decir, equilibrar los que están y entran, con los que se necesitan. El realismo es aquí que “todos no cabemos. En esto del no caber, hay una reflexión obvia, y es que se puede no caber en un lugar, o porque somos muchos, o porque algunos ocupan demasiado. A ver, que sí, que la política tiene que ordenar estos fenómenos, la emigración, pero que estamos hablando de personas con derechos y deberes, con dignidad igual a la de todos, y todo lo demás es subordinado. Es el realismo político y económico el que tiene que inventar cómo acoger esa realidad de personas iguales en derechos y deberes, de aquí o de África. Por supuesto, el político que no tenga soluciones para este problema, ya sabe que puede volver a la vida civil y dejar la política. Si es imposible, ¿por qué no dejan la política quienes así lo estiman? Veamos, como no me dedico a la política profesional, puedo decirlo claro: no cabemos todos porque muchos ocupan demasiado espacio, y no quieren compartir su espacio y cambiar su modo de vida. En España y en otros tantos lugares de la Tierra más rica. Y es que quienes no dejan vivir a su lado a los emigrantes, ya eran vecinos insoportables antes de que ellos aparecieran.

Muchos son los ejemplos cotidianos sobre este realismo que todo lo cura. En la sociedad civil, en la política y en las Iglesias, es la ley suprema de la supervivencia. En filosofía y teología se habla de ser honestos con lo real, en el sentido de conocer algo a fondo y desde quienes más lo padecen, para transformarlo en línea con una justicia mayor. Estos del realismo piensan de la realidad exactamente al revés; es decir, mi realidad es toda la realidad, debemos imponerla a los demás e impedir que nadie la toque. Es decir, es lo que me conviene y buscaré mil razones, por las buenas o las malas, para convertirla en lo que se debe, y, al final, en lo que se tiene derecho a imponer. ¿Alguien no está de acuerdo? Puede hablar, ¡le daremos una ración de realismo! Termino. ¡Ay, qué cosas hace el miedo al descubrirnos distintos, cuando no, simplemente, egoístas y con intereses materiales muy particulares! Seamos honestos con lo real para ser menos culpablemente realistas.

* José Ignacio Calleja es sacerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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