El «vasto tema de la justicia» en Benedicto XVI

26 02 2010

Cuaresma 2010. José Ignacio Calleja*

Leo y releo el mensaje del Papa para la Cuaresma 2010, en el que, dice, «quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina, ‘La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo’ (Rm 3, 21.22)».

Este inicio teológico es muy pertinente en una reflexión del Papa, pero sabiendo que el vasto tema de la justicia permite una lectura ética o moral, ámbito de la filosofía moral, y una lectura religiosa y cristiana, ámbito de la teología. Estas dos interpretaciones o lecturas del vasto tema de la justicia, para los teólogos y cristianos, son inseparables, pero también inconfundibles; se mezclan, pero no se confunden ni se sustituyen en su legítima autonomía. Esa autonomía de la moral no es absoluta, sino relativa, relativa a la dignidad de la persona y sus derechos inherentes y fundamentales. Para el creyente, dignidad referida inequívocamente a Dios; así lo creemos en la fe y así lo pensamos razonablemente avalado por la razón. Por tanto, nosotros no podemos reflexionar en el vasto tema de la justicia en clave ética, sin hacerlo a la vez en clave teológica; no en paralelo, sino trenzando ambos saberes o experiencias del ser humano, y haciendo una lectura más integral de lo humano. Pero —y éste el “pero”— el mensaje del Papa, ¡a mi juicio!, hace bien esta síntesis; no preserva bien el valor del conocimiento ético en cuanto conocimiento filosófico o de razón humana, capaz de aportar al vasto mundo de la justicia contenidos humanos imprescindibles, esté o no la fe presente en cuanto pensamiento y acción,

A mi juicio, el mensaje papal, al hacer la síntesis de fe y razón, teología y ética, confiere a la teología y la fe toda la primacía que un creyente cree de ellas, “cree por la fe” y acompaña de buenas razones, pero deja a la ética de la justicia, la ética de la razón común, la deja sin posibilidades ciertas de realizar aspectos sustantivos de la justicia, ¡aunque no haya fe! La historia da buena cuenta de cuál es el precio que se paga cuando la moral de la fe, la teología moral, convierte a la filosofía moral en su doméstica. Claro que la historia está “amenazada” de totalitarismos ideológicos y políticos cuando se extienden los relativismos y el nihilismo; el Papa hace bien en denunciarlo; pero no está menos “amenazada” cuando la teología moral, la fe, se trenza con la filosofía moral, la ética o razón, y la entiende subordinada a su verdad creída y actor cultural y social secundario en todo supuesto. La ética, así, la filosofía moral, sale totalmente desvirtuada de este diálogo.

A partir de esta mala asunción de la ética, de la filosofía moral, en su legítima autonomía, “relativa a la dignidad de la persona” —mala asunción por haber extendido sin reparo la moral de la fe— a la luz de Rm 3, 21-22, el resultado es equívoco. Se lee a San pablo con inteligencia teológica cierta, pero no se asume bien la ética laica, porque se traslada sin solución de continuidad lo que creemos en la fe a lo que sabemos conforme a la razón sobre el vasto tema de la justicia, sustituyendo los lenguajes y las concreciones. Este salto sin valorar su diferencia epistemológica y la distinta pretensión y competencia que como creyentes nos caracteriza, es muy perturbador.

Sus consecuencias en el texto papal son obvias. La justicia como “dar a cada uno lo suyo” no cobra en primer lugar esa fuerza ética y social de “lo debido a la persona por su dignidad igual, según sus posibilidades concretas”, sino que de inmediato deriva a “lo suyo” como la relación con “Dios”, más necesario que “el pan”; o la injusticia tiene sus raíces últimas “en el corazón humano”, pero insistiendo tanto, que lo de las “estructuras sociales injustas” se difumina en el texto; escuchar la ley (moral) presupone la fe en Dios; al pobre se le hace justicia porque Dios pide que se le escuche en su necesidad: no queda claro si se le auxilia al pobre por sí mismo, o sólo porque Dios lo ama y nos ha amado a cada uno en nuestra pobreza; “la justicia de Cristo es la que viene de la gracia”, ¡estamos en teología y fe!, y desaparece el concepto ético de justicia como responsabilidad humana con la dignidad de todos, como si lo hubiera absorbido Cristo, la Justicia de Dios, hasta evaporarlo; la justicia “más grande”, “que es la del amor”, “la justicia divina, profundamente distinta de la humana”, ha ocupado al final todo el espacio y no reclama nítidamente que hay mediaciones éticas y sociales también laicas, valiosas y necesitadas de crítica moral y teológica. Pero ciertas y muy dignas.

“Precisamente por la fuerza de esta experiencia, (la justicia del amor de Dios, —concluye el Papa—), el cristiano se ve impulsado a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor”. Es cierto. Así es la caridad. Sin embargo ese silencio sobre “la ética en sí”, ahora nos hace preguntar esto: si el cristiano pierde la fe, ¿ya no tiene razones morales para ese empeño social por las sociedades justas? Por eso hay que conservar el valor intenso y cierto de los dos lenguajes, el de la fe y el de la ética, su intrínseca unión para nosotros, pero, a la vez, su no absorción de uno por el otro, hasta hacerlo desaparecer.

Para mí, es muy claro. Parece que no lo es para el Papa. Si escribo esto, no es por gusto; es porque está en juego algo tan vital para el ser humano, que de equivocarnos, la injusticia será radical.

* José Ignacio Calleja es sacerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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