El formato “Callejeros”: crónica de una falsificación

7 03 2010

José Antonio Zamora

Comencemos por reconocer una contradicción: por un lado, nada existe en nuestra sociedad actual si no aparece en los medios de comunicación. Sólo se hace visible y tiene realidad lo que aparece en ellos; por otro lado, la visibilidad de los medios frecuentemente equivale a su más sofisticado enmascaramiento, cuando no a su ocultamiento, con el agravante de que lo que ha aparecido queda identificado con la realidad misma.

Ese ocultamiento o enmascaramiento tiene mucho que ver con la forma en que la realidad es elaborada y presentada. Podemos pensar ingenuamente que el “formato” es algo secundario, pero no es así. Tiene un papel determinante. Como habrá percibido más de un espectador el “formato” del programa Callejeros (Cuatro) puede reconocerse en otros muchos programas (Vidas anónimas en La Sexta, Invisibles en Antena3, Españoles por el mundo en TVE, y otros similares). Periodistas filmando mientras caminan por la calle, entrando en las casas, “sorprendiendo” a los supuestos protagonistas de las entrevistas, corriendo de un lado para otro y metiéndose en cualquier “charco”, metafórico o no, no sólo registrando la noticia, sino provocándola directamente por medio de la intervención del periodista, etc. Los escenarios de la vida real convertidos en plató de rodaje de un reality-show, cuya finalidad fundamental es entretener.

El material sobre el que se aplica este formato es de lo más variado. Desde la vida, amoríos y riñas de los personajes de los llamados programas rosa hasta las personas sin hogar que sobreviven de mala manera, pasando por españoles, murcianos o madrileños que viven en el extranjero, gente en situaciones más o menos lujosas o exóticas o el sinfín de anécdotas que ocurren día a día en mil sitios. Todo se somete al mismo tratamiento. Para eso se ha inventado una palabra nueva: “infotenimiento”, que resulta de unir información y entretenimiento. Lo extraño, lo “friki”, lo exótico, lo llamativo, lo marginal, lo lujoso, lo deforme o lo salvaje, etc. todo esto adquiere enorme protagonismo, pues de lo que se trata es de captar la atención y mantener capturada a la audiencia. Esto ha impuesto un nuevo régimen de la mirada sobre las personas y las cosas, el de la “mirada caníbal” (S. Alba Rico), para la que no existe nada que no pueda ser devorado, engullido y reducido a detritus. Pero resulta inaceptable que las situaciones más dolorosas por las que pasan las personas, las situaciones de injusticia y dolor, los conflictos sociales con consecuencias terribles, se conviertan también en objeto de comercio y se instrumentalicen para este objetivo mercantil.

El programa Callejeros (y derivados…) convierte la realidad social con sus aspectos más dolorosos e injustos en objeto de entretenimiento. Y esto lo hace simulando una proximidad y un compromiso con esa realidad completamente falsos. En la forma de filmar y montar el material filmado parece que estemos pegados a ella, que le estuviésemos tomando el pulso directamente, corriendo tras ella y alcanzándola al vuelo, aunque para entrar a fondo en la realidad, quizás habría que pararse y reflexionar sobre lo que no está a la vista, sobre lo que no aparece en la superficie, aquello que no puede captar la cámara, porque hace referencia a las estructuras sociales y las relaciones de poder que las mantienen. Como una especie de viodeoclip vertiginoso las imágenes se suceden sin respiro, creando un mosaico de personajes, situaciones, ambientes y declaraciones inconexas. Entretener significa mantener sujeto, tener atrapado y enredado con el flujo vertiginoso de imágenes y palabras, para así tener prendida la mente del espectador en el limbo de la inconsciencia. Ojos e imágenes, oídos y sonidos, cortocircuitan para simular un contacto con la realidad social, que en verdad es un resbalar por la superficie sin penetrar en su subsuelo económico, social o político.

Como en todo montaje se ha seleccionado de la realidad un conjunto de fragmentos bajo criterios más que evidentes. Aquellos que producen más alarma, que despiertan más la curiosidad, que resultan más extraños, que son más sensacionalistas y que enganchan a la audiencia mirona. Pero incluso esos fragmentos de realidad aparecen sin vinculación con el conjunto de la realidad, con su historia. Las vidas quedan congeladas y reducidas a esos elementos reductores que aseguran la audiencia. Los problemas que viven las personas parecen atributos de su idiosincrasia, de las cualidades “naturales” de su etnia o de su condición social. Las situaciones que sufren aparecen sin vínculos con una “normalidad” sólo aparentemente ausente, la del espectador cómodamente sentado frente al televisor, de la que quieren desmarcarse como exterior exótico o amenazante, para reforzar así la identificación tanto más ciega del mirón con dicha “normalidad”. Como si esas situaciones no estuviesen entrelazadas con los procesos sociales, económicos y políticos que caracterizan al conjunto de la sociedad y generan desigualdad e injusticia. Procesos que a todos afectan y de los que todos somos responsables.

(Fuente: blog ‘Cristianismo y Justicia’, 13/01/2010)

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