Hablemos del dolor (II): las experiencias

17 03 2010

Jairo del Agua*

Hemos nacido para ser felices, a pesar de nuestra limitación, de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez. De eso estoy seguro. Basta mirar los ojos de un niño para darse cuenta. La felicidad dependerá de la capacidad de nuestro recipiente interior y no de nuestra apariencia, poder o bolsillo. La alegría ha sido siempre la característica de las personas espiritualmente crecidas, las que logran “hacerse como niños”. La sabiduría popular lo tiene acuñado: “Un santo triste es un triste santo”, es decir, no lo es. Si santidad es “plenitud humana” -que no otras ilusiones o popularidades- sus signos son la paz y la alegría.

Cuando el dolor es sencillamente un “piloto de alarma”, un aviso de que nos alejamos del equilibrio físico o espiritual, entonces es una bendición, un elemento imprescindible de nuestro sistema de defensa. ¡Bendito dolor que me mueve a curar y rectificar!

Pero, con demasiada frecuencia, conducimos nuestra vida obstinadamente. Nos empeñamos en utilizar nuestra libertad para herirnos o para atacar, permitimos que el dolor se acerque e, incluso, abrimos la puerta a innumerables “caballos troyanos” creyendo que son regalos, bienes que podemos y debemos disfrutar. ¡Ése es el engaño bobo en que caemos una y otra vez! Creemos un bien -por eso lo elegimos- lo que en realidad es un mal o su semilla. Uno de mis “engañabobos” es el dulce, soy un golosón. Suele venir uncido al sedentarismo, otro manjar suculento para quienes disfrutamos de cierta interioridad. Ya me alertaron de los peligros de esas tentaciones. Estoy en guardia y vigilante. Sé lo que debo prever y evitar.

Sin embargo, cuando el dolor adviene sin causa prevista, sin elección posible, se convierte en un misterio. Cuando te diagnostican un cáncer irremediable… Cuando te avisan del accidente de tu esposo… Cuando aquel terremoto te dejó sin nada… Cuando… Entonces las preguntas te llueven como lanzas: ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora que estaba tan bien? ¿Por qué, si Dios es bueno, consiente todo esto? ¿Por qué…?

Un día me di cuenta que nuestra limitada visión no puede penetrarlo todo, que hay respuestas de crecimiento lento, que la razón no es la única fuente de luz. Me zambullí en lo profundo, dejé de zarandear mi cabecita y esperé respuestas del interior, de la vida, de la experiencia.

– La primera sorpresa fue toparme con la certeza de que el dolor madura, fortalece, hace crecer. Seguramente porque te sumerge en ti mismo, te hace palpar tu propia fragilidad y te empuja a buscar dónde hacer pié. Lo bueno es que lo encuentras, que en el interior más hondo hay sólidas cristalizaciones donde apoyarse y descansar. Esa experiencia te hace más consistente, más lúcido y más humilde. La vida empieza a percibirse de otra manera, a vivirse con más responsabilidad y, curiosamente, con más gozo.

– Más tarde descubrí la cortina del tiempo. Ni el calendario, ni el reloj, ni la agenda son capaces de desvelarnos lo que se oculta tras esa cortina negra o multicolor. ¡Cuántas veces, después de una noche tenebrosa, descubrimos un amanecer radiante! Vivimos con la nariz pegada al tiempo y eso nos impide ver más allá del dolor presente. ¡Cuántas veces un accidente, una enfermedad, una separación o una bancarrota son el comienzo de la paz! La sabiduría popular nos vuelve a iluminar: “No hay mal que por bien no venga”.

– Tarda uno en descubrir que, como toda experiencia, el dolor es personal. No caben comparaciones, ni proyecciones, ni recetas, ni compasiones. Cuando el dolor aprieta, cada uno destila su propia esencia. Nadie puede hacerlo por ti. Sin embargo, somos muy proclives a interpretar el dolor de otros desde nuestra sensibilidad, desde nuestras heridas y desequilibrios.

Es decir, caemos en el funcionamiento sensible, nos embarcamos en el globo de la sensibilidad sin lastre y sin amarras, al albur de los cambiantes vientos del momento. Nos ahogamos entonces en la vociferante superficialidad, en la sensiblería, en el dramatismo. Caemos, incluso, en la exasperación y el histerismo. Hay quien piensa que eso es “compasión” y “solidaridad” porque “hay que sufrir con el que sufre”. ¡Enorme error! No conseguimos más que hundirnos nosotros y contagiar al sufriente. Lo que realmente ayuda es la fe en el otro, el afecto, la escucha, la serenidad y la solidez del que se acerca al dolor ajeno. Incluso, cuando uno mismo esté concernido en ese dolor (caso del hijo que quiere consolar a su enviudada madre, por ejemplo).

También afilamos el dolor, propio o ajeno, con el funcionamiento imaginativo que agrava, dramatiza y exagera los males presentes o futuros. Me descubrieron un tumor pero, hasta que me dieron los resultados, cuánto miedo, cuánto sufrimiento, cuánta imaginación descontrolada e inútil… La imaginación negativa envenena la realidad, nos la hace insoportable. Muchas ansiedades tienen su secreto origen en este mal funcionamiento. Un proverbio chino lo sintetiza: “El que teme sufrir mañana, ya está sufriendo de temor hoy”. Hay quien se compadece tanto desde su sensibilidad o desde su imaginación -suelen ir unidas- que se asfixia. La compasión no es quemarse con el quemado sino echar agua a su fuego o… a su jardín.

Aprendí esta lección cuando, presa de mi delirante imaginación y exacerbada sensibilidad, evadía a mi querida tía Paula, casi ciega e incurable. Se me hacía insoportable acercarme a su imaginado sufrimiento. Un día me armé de valor y fui a verla. Su sonrisa, su paz, su preocupación por mí, me relajaron. Pero, cuando ella me confesó quedamente: “Soy feliz, hijo mío, soy feliz”, rompí a llorar como un niño mientras ella me acariciaba. No olvidaré aquella lección porque yo, con mis flamantes éxitos profesionales, no pude decir lo mismo. Ella vivía en profundidades que yo no había descubierto.

Ahora sé que el dolor no se puede medir, ni imaginar, ni comparar. Sólo se puede aceptar y acompañar. Bajo la áspera túnica de lo que llamamos desgracia nos encontramos, a veces, la más genuina felicidad, la que nace de lo que uno es y no de lo que tiene, parece, sabe o hace. Allá en el fondo brotan gozosas realidades que muchos no somos capaces de descubrir.

He mencionado la palabra aceptar, pura sabiduría. Y, ante el dolor, llave de la consolación. Es de locos golpearse la cabeza contra el muro de lo inevitable, de lo inexplicable. Eso no hace sino aumentar el dolor. Considero sabio a quien escribió: “por el abandono a la paz”, o aquello otro: “haz el cien por cien de lo que esté en tu mano pero abandona todo lo demás en las manos del Padre”[1].

– Hay todavía un descubrimiento más esencial y definitivo: la inmanencia de Dios en nosotros y, por tanto, en el dolor, en todo dolor. La experiencia, la vida, me han confirmado que Él nos habita, sostiene y conduce desde dentro. Nos rebelamos porque pensamos neciamente que Dios nos ha dejado caer en el abismo. ¿Podrá olvidarnos quien afirmó: “Hasta vuestros cabellos están contados”? (Lc 12,17). La respuesta está escrita: “Aunque tu madre te olvide, Yo no te olvidaré” (Is 49,15). ¿Acaso el padre del “hijo pródigo” no sufrió con el dolor del descarriado? Pero no podía negarle sus derechos, su libertad… Esta otra cita también es luminosa: “Dios no nos salva, cuando nos estamos ahogando, haciéndonos caminar sobre las aguas, sino que nos salva dándonos fuerza desde dentro para nadar”[2].

Quizás este cuento, que circula por internet, resuma lo que quiero decir sobre esa Presencia que siempre habita nuestro dolor, aunque no seamos conscientes, aunque la rechacemos incluso. Con el cuento termino esta breve reflexión. Tal vez nos ayude a intuir lo que no vemos ni entendemos: “Mariela, una preciosa niña de 6 años, nunca había oído hablar de religión. Sus padres la habían educado en un estricto ateismo. Un día se enzarzaron en una feroz discusión que terminó con la agresión mutua y la muerte de ambos. Los abuelos se hicieron cargo de la niña y, al cabo de un tiempo, la llevaron a catequesis para prepararla al bautismo. El primer día la catequista desenrolló un póster con el rostro de Jesús y preguntó: ¿Quién es éste? Mariela levantó inmediatamente su manita. La catequista, llena de asombro, le dijo suavemente: ¡Bien Mariela, inténtalo! Y la pequeña respondió: Ése es el señor que me abrazaba mientras mis padres se peleaban”.


[1] Véase Por el abandono a la paz, del franciscano Ignacio Larrañaga. Ed. Paulinas.

[2] Véase Cristología para empezar, del jesuita José Ramón Busto Saiz. Ed. Sal Terrae, p. 123

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

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