Chicos de “ojo por ojo y diente por diente”

27 03 2010

José Ignacio Calleja*

Un profesor de religión en la escuela pública, me dijo que me tenía que hacer una consulta de mi especialidad. Se supone que yo entiendo de moral social cristiana. De ética social, que dirían otros. El profesor daba clases a chicos de unos doce años. Algunos detalles son míos.

La cuestión era que habían planteado en el aula la justicia o no de la pena de muerte en determinados delitos. Los chicos estaban indignados ante el asesinato y violación de algunas chicas. Reclamaban sin titubeo la pena de muerte para los asesinos. Lo tenían claro. La primera razón, ésta: Ojo por ojo y diente por diente. La segunda, esta otra: en el caso de la cadena perpetua, tenemos que alimentar a los asesinos, nos sale caro y no logramos nada. Y la tercera, ésta: quien así obra, deja de ser persona.

En estas circunstancias, el profesor intentaba mostrarles unas razones para negar la justicia de la pena de muerte y de la cadena perpetua. Pero, al menos, por qué no era justa la pena de muerte. Y ahí nos pusimos a discurrir cómo darles a unos chicos de 12 años algunos buenos motivos contra su opinión a favor de la pena de muerte. No era fácil pensar que los íbamos a convencer. Teníamos buenas razones, pero cómo contarlas, a cuál le darían valor.

Pensamos primero en la más concreta y práctica. De menos fondo que otras, pero más fácil de entender. Decíamos, si después de un juicio justo, condenamos a alguien a muerte, cómo sabemos de manera absoluta que no nos hemos equivocado; y, entonces, si luego se descubre un error, cómo haremos justicia al muerto.

Puede que ocurra poquísimas veces, pero en esos casos, habremos sido asesinos de un inocente. Y entonces, con qué derecho seguiremos administrando justicia a otros. Este argumento les pareció muy importante, pero la mayoría se resistía, porque consideraba el error judicial despreciable. En el fondo, -pienso-, sentían quedarse sin el ojo por ojo, diente por diente. Sin venganza, venían a decir, la vida no es justa.

El otro argumento que buscamos era más metafísico o de fondo. No queríamos recurrir a la religión, al menos de principio. Decíamos esto: la dignidad de la persona es igual en todos y para siempre; nadie puede quitarla a nadie; nadie puede perderla en sus comportamientos. No está a nuestro alcance. Aquí se resistían. Y clamaban, “algunos pierden la dignidad al asesinar y violar”. Les decíamos, no, no la pierden. La dignidad es indisponible.

Y además, no lo deciden ellos, sino nosotros; en un juicio reglado, pero lo decidimos nosotros; y, además, cuando no es el único camino para defendernos. Insistían, “actúan como animales”. Y decíamos, “pero no se convierten en animales”; no está a nuestro alcance; menos aún en cosas de usar y tirar.

Pero, -reclamaban- ¿por qué no? Y dábamos un paso más. Si alguien puede negar la dignidad de otros, aunque sea en un juicio con muchas garantías, entonces la persona no es siempre digna, sino casi siempre, y en el casi, cada sociedad podría poner sus condiciones más o menos justas. Así —unos podrían decir— “todos somos personas, pero si matamos a otros, no”; y en otra sociedad, “todos somos personas, pero si te resistes a mi nación, no”; y en otra, “todos somos personas, pero si colaboras a un aborto, no”; y en otra, “todos somos personas, pero si no respetas la religión secular, no”; y así sucesivamente.

Si hay una excepción para que la persona sea cosa o instrumento, y la matemos —les decíamos—, cada sociedad, grupo o personas puede dar por buenas sus excepciones, y ya nadie confiará en nadie. Todo se derrumba, porque la convivencia civilizada se sostiene en el arco de la dignidad; si éste falla o la negamos directamente en algún caso, todo se hunde; cada uno aceptará lo que le convenga y sólo por miedo a la violencia. Es el desastre de la vida social democrática, y de la vida humana moral en cuanto tal.

Hay sociedades —advertían— que son democráticas y aplican la pena de muerte. Es una contradicción ética muy grave —decíamos—, que no goza de razones inapelables frente a la dignidad humana. Los pueblos cuya democracia así obra, tendrán a sus espaldas más de un “asesinato” por error; y en todos los casos —¡puesto que tienen otros modos de hacer justicia!— una dificultad insalvable para afirmar el valor incondicional de la persona. La de los otros, y la suya propia.

Por supuesto, no los convencimos a la mayoría; para ellos “el que la hace, la paga”, y “el que a hierro mata, a hierro muere”; creo que alguna duda sí que comenzaron a tener; algún día, tú, o alguien muy querido para ti, – concluíamos-, en algún lugar puede merecer, a los ojos de otra gente, perder la dignidad después de un largo y cuidado juicio para ellos, y entonces comprenderás que la dignidad humana nadie la da o la quita, sino que es connatural con cada uno.

La de los demás, obliga a todos; y a cada uno, la propia. No se puede utilizar mal la dignidad propia o ajena. En sociedades civilizadas el “ojo por ojo”, incluida la pena de muerte, es hacer de las personas cosas, y quien lo hace ya no merece respeto incondicional. Nadie merece el respeto como persona si no reconoce esta condición siempre a los demás. Es duro ser justo en una democracia civilizada y no poder escudarse en la legítima defensa frente al delincuente.

* José Ignacio Calleja es acerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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