La dolorosa “cura” de los problemas de la Iglesia

23 04 2010

José Ignacio Calleja*

¿Merece la pena volver sobre el momento actual que está viviendo la Iglesia católica? Y, si volvemos, ¿en qué sentido? Además, la Iglesia y su “gente” viven tantas experiencias distintas que de cuáles hablaremos. ¿De aquellas que nos hacen gozar o de aquellas que nos hacen sufrir? De todas, claro está. Cada una tiene que tener su momento. Pero es probable que las malas noticias, aquellas que nos hacen sufrir, nos atraigan más. Quizá son más “noticia”, o estamos menos preparados para recibirlas. Quizá, y sin quizá, sabemos que sin reorientar esa situación, los pasos siguientes no nos van a convencer. Así que aceptemos mirarnos al espejo y veamos de poner un poco de orden en la trastienda. Porque ante todo hemos de evitar que esta acusación se haga verdad: “El Vaticano ocultó los abusos y ahora está tratando de ocultar el ocultamiento”.

Pues bien, llueven noticias negativas para la Iglesia y la empapan con su persistente recuerdo de abusos contra menores en su seno. Miembros aislados de la Iglesia, parece que muchos según los distintos países, y por tanto, por desgracia,  no tan casos sueltos, han incurrido en esos abusos y ahora está sabiéndose. Podía pasar, y está bien que se sepa, porque estos males se derivan de la condición pecadora de las personas, pero no menos de una situación eclesial muy peculiar. Tiene que concurrir el sujeto individual que padece ese instinto delictivo con el lugar favorable a su abuso, las personas especialmente débiles que lo soporten, y los responsables que al sospecharlo o conocerlo, lo encubran por el bien de la institución; y, por otra razón que conviene no olvidar, porque los responsables no tienen claro el concepto de delito contra la dignidad de la persona; sí el de pecado, no el de delito. Y así la rueda es imparable. Ha sido imparable. Cuando se tiene mucho poder social, y ningún control externo, sólo el propio del grupo o corporación, y cuando un grupo, la Iglesia, no “se sabe” sociedad civil de los iguales en derechos y deberes “civiles”, y la moral obligatoria sobre los derechos humanos está todavía cuajando en muchas conciencias, ¡con tanta prevención eclesiástica!, sucede esto. Pasan los años, esa conciencia de los derechos humanos, es decir, de la moral civil común y de la sociedad civil que por ella se rige, se extiende entre todos, y algunos eclesiásticos por sus actos malos y delictivos, y la misma Iglesia, por su concepción de cómo resolver “los males propios” en términos de derecho canónico y de grupo soberano, frente a la sociedad y el derecho común, quedan enredados en su propio engaño y asustados de por qué tardaron tanto en verlo.

Ahora bien, como fuera que la mayoría de los que lo vieron y taparon, han llegado en el orden eclesial muy arriba, surge el problema de quién dirá hasta dónde alcanza la memoria del mal y el análisis de sus causas. Y este sí que es un problema: habrá que resolver el drama por los mismos que mejor conocieron que algo de esto pasaba y quisieron arreglarlos en casa. Ahora tienen que hacerlo en términos de derecho eclesial, ¡y civil!, y esto puede ponerlos ante el espejo de su propia trayectoria predemocrática. Es el problema de haber ido siempre al compás de la conciencia “moral” y canónica del poder eclesial, para no equivocarte, y un día te descubres habiendo servido al mal. ¿Podrán seguir quienes así actuaron, ¡los que lo fueran, qué no lo sé!, en sus responsabilidades? Esta es una parte fundamental del problema: las personas y sus responsabilidades como autoridades en el momento y si conocieron; el modo como lo resolvieron, y la conciencia del bien moral y del derecho común que les caracterizó; y las consecuencias que tiene hoy, para la iglesia, en cuanto reconocimiento, por fin, de su condición, ¡también ella!, de sociedad civil, y también ella partícipe y obligada por la moral civil. Esto nos cuesta, pero es imprescindible, para no repetir el mal como institución.

Hay otra perspectiva en el tema que no tiene que ver con lo anterior, pero sí tiene. Es la cuestión del celibato obligatorio. Nadie por causa del celibato obligatorio se va a convertir en un depravado sexual. Pero hay en el “asunto” varios aspectos que merece la pena considerar. El primero es que está en juego la cuestión de un derecho humano fundamental. Desde luego, es una renuncia personal y libre, pero es peligroso no caer en cuenta que se trata de un derecho fundamental, y la reserva con respecto a ellos ha de ser muy cuidadosa. Como mínimo, hay que temblar al condicionar el sacerdocio ordenado a esa obligación, porque fácilmente puede estar primando en el candidato una aceptación “forzada” de la renuncia, por mor de otro bien mayor, para él, cual es la ordenación. Como mínimo, temblar al exigir, y por tanto, moralmente, desistir en la obligación.

Por otro lado, nadie debería olvidar que la gente aprende a ser célibe, no se nace tal, sino que se aprende, y se aprende con mucho esfuerzo, hablo de tejas abajo, con mucho esfuerzo y con una línea muy delgada con respecto a la represión de la conciencia. Hay que tener cuidado con esto. Lo que con 25 años puede ser claro, con cuarenta a lo mejor no lo es, y las situaciones pueden ser tan complejas que, desde luego, la salida del sacerdocio no siempre ha sido lo elegido, y moralmente, ni lo obligatorio “prima facie”. La persona es una vida y madura sus decisiones fundamentales no siempre linealmente. Es muy peligroso suponer que en cuanto algo tan fundamental como la sexualidad y el matrimonio-familia, la última palabra en la vida esté dicha a los 25 ó 29. Parece mentira que la gente de edad, la gente que en la Iglesia ha pasado por todo y lo ha visto todo, y que tiene la responsabilidad última hoy, siga haciendo como que aquí no pasa nada, que es una cuestión menor y que pasará de moda. Parece mentira con lo que deberían saber sicológica y moralmente.

Y tercera razón, sin agotarlas, cualquiera sabe que las personas maduran afectiva y sexualmente a muy distinto ritmo, pero con todas sus dimensiones, íntegramente, y es claro que el celibato obligatorio en la Iglesia es un inconveniente serio para lograrlo en muchas personas. A veces pienso que en la gran mayoría, pero no quiero ir tan lejos en lo que digo. No se trata de si la gente guarda o no el celibato, sino de cómo integra la sexualidad en su madurez personal, y qué sustituciones más o menos aceptables, (las hay artísticas, intelectuales y episcopales), y hasta perversas en algunos desgraciados casos, puede potenciar esa mala asunción de la condición humana en su integridad. No equiparo esos sustitutivos, ¡cuidado! Nunca una institución que se decantó más veces por el valor moral normativo de “la naturaleza humana”, fue más reacia a la dimensión sexuada de esa misma condición. Se dice que por causa del Evangelio de Jesucristo, al servicio del Reino. Bien sabe todo el mundo que en esta cuestión el Evangelio no es, ni mucho menos, definitivo. ¿Debo extenderme sobre la igualdad fundamental de los bautizados en la Iglesia, mujeres y hombres iguales, y el derecho igual al desempeño de todos sus ministerios? Me resulta obvio.

Como esto sólo es una introducción “a vuela pluma”, pero pensada con su tiempo, dejémosla aquí para su posado y opinión. Saludos cordiales. Feliz Pascua de 2010.

* José Ignacio Calleja es acerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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