¿Por qué llevar a los niños a Misa?

11 05 2010

Lilián Carapia Cruz*

Nadie ama lo que no conoce, y nada conocemos que no haya pasado primero por nuestros sentidos. Es un hecho que necesitamos conocer a Dios para aprender a amarlo y colaborar con su proyecto de salvarnos. Pero, ¿cómo? ¿Dónde vamos a «oír» lo que Él dice? ¿Dónde vamos a «verlo» y a «tocarlo» para que podamos «conocerlo»?

Porque en ella «escuchamos» a Dios

Nadie niega que Dios está en todas partes, pero de una manera muy especial nos dirige su Palabra en la Iglesia, porque allí se establece la comunión con los hermanos. La Iglesia somos todos, y es la Escuela en la que «los sentidos perciben a Dios». Hay que llevar a los niños a la Iglesia para que «vean» a Dios, «lo oigan» y «lo toquen», pues la fe no madura si no se da esta experiencia. Los hombres y mujeres de Iglesia, al comunicar a los demás nuestra experiencia de Dios, sólo hablamos de lo que en la Iglesia «hemos oído, hemos visto con nuestros propios ojos, hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida» (cf. 1 Jn 1, 1).

Porque en ella «vemos» a Dios

El niño irá aprendiendo que existe una gran diferencia entre Dios y el hombre cuando «vea» que muchos se reúnen para dar culto al Creador y no lo dejan por cualquier cosa. El pequeño no entenderá que Jesús se ofreció en sacrificio por nosotros, pero sí «verá»: irá identificando al sacerdote con su importantísimo papel de elevar nuestras oraciones a Dios; verá a los que cantan, a los que se dan la mano… El pequeñito verá que estas cosas se hacen por Alguien muy grande

Porque en ella le «hablamos» a Dios

La Misa es la oración en la que Jesús se ofrece al Padre por nosotros, es «lenguaje maduro» que no entiende un niño. Pero en la medida en que crece en este ambiente aprenderá que existen «otros» que son sus hermanos, y que los ve cuando va a la Iglesia. Aprenderá que orar es hablar con Dios, y que orar como Iglesia nos libera del egoísmo y del peligro de despreciar a los otros, porque allí oramos «con ellos». Y oramos sabiendo que preocuparnos de nuestra propia persona es una obligación, tanto como permanecer vinculados a nuestros hermanos.

Porque en ella «tocamos» a Dios

El niño no podrá besar a Dios o abrazarlo como a sus papás, y sin embargo, se va enterando de que hay que amarlo y buscarlo. Ya se irá despertando en él el deseo de estar con Dios, y lo irá «tocando» por su contacto con todos los signos de la liturgia: cantar, orar, alzar las manos, ponerse en actitud de adoración y desear paz a sus hermanos…

Que el amor nos haga creativos

Alguno dirá que no tiene sentido hablar de estas cosas porque los niños «no entienden», pero por amor a la verdad hemos de decir que lo que se siembra en el niño da su fruto tarde o temprano. Con esa esperanza debemos perseverar en procurar al niño una educación en la que Dios ocupe el lugar principal. En este empeño todos debemos poner de nuestra parte: los padres, en primer lugar, yendo con sus hijos a la Iglesia y esforzándose por ser muy honestos dentro y fuera de ella. Los sacerdotes, catequistas y otros evangelizadores, buscando métodos adecuados al desarrollo psicológico de los niños y les ayuden a «elevarse» hacia Dios. Quien ama es creativo, y si amamos a los niños encontraremos la manera de ayudarles a conocer a Dios y no privarlos de esta experiencia que es la más trascendente en la vida.

* Lilián Carapia Cruz es licenciada en Filosofía y religiosa del Instituto de Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, en México. Lee otros artículos suyos en FAST

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: