¡Que te desee, te busque y te halle!

10 06 2010

Jairo del Agua*

He insistido —a tiempo y a destiempo— que en la oración más que “pedir” hay que “expresar”. ¿Qué expresar? Lo primero que sale de nuestra fragilidad humana son las NECESIDADES. Poner en las manos del Padre nuestras necesidades, quejas, tristezas, limitaciones, heridas, etc. es positivo y ayuda. Siempre que busquemos las respuestas en nuestro interior y no nos conformemos con “colgarle” nuestra palabrería (bastante frecuente, por desgracia). Hay que partir del convencimiento (fe) de que Él ya nos lo tiene todo dado. Como muy bien decía nuestro hermano Agustín de Hipona: La oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros. ¡Cuán lejos estamos de esa certeza y cuánto se predica en contra!

Pero lo que realmente alimenta y hace crecer es “expresar” y “vivir” nuestras ASPIRACIONES profundas, los íntimos deseos de nuestro corazón, esos movimientos interiores que salen del fondo —como flecha ascendente sin esperar respuesta— y sólo buscan desplegarse. Es el “dinamismo de crecimiento” que late en todos los seres vivos y que en el ser humano no es sólo material e instintivo, sino principalmente espiritual y libre. Quienes viven instalados en su parte material tienen adormecido ese dinamismo interior.

El punto emisor de esas aspiraciones es el SER, ese fondo positivo que constituye a la persona humana, el intangible lugar donde residen nuestros dones, capacidades o potencialidades, la “médula de mi alma” lo llama el santo que hoy os presento. Ahí nacen las aspiraciones profundas porque toda capacidad —“imagen y semejanza” del Creador— tiende a crecer y desplegarse. Es el lugar sagrado donde “se toca” y “se saborea” a Dios porque precisamente Él es: “la Infinitud de las aspiraciones profundas del Hombre”. No he encontrado definición más concreta, vital, real y experimentable que ésa.

Cuando nos relacionamos con Dios y le expresamos nuestras aspiraciones, nuestros deseos de ser más y mejor, estamos alimentando el “dinamismo de crecimiento”, estamos creciendo realmente y siguiendo la voluntad de Dios fielmente. Porque, como decía el obispo y mártir san Ireneo, “la gloria de Dios es la vida plena del hombre”.

A ese tipo de oración la llamo “oración de impregnación” porque consiste en sumergirse en nuestro “fondo preciosísimo” —que diría Pedro Salinas— y bañarse conscientemente (con palabras o sin ellas) en nuestros dones y en las ansias más íntimas que brotan de ellos. A veces esas ansias (aspiraciones) se resumen en palabras y parecen peticiones, pero en realidad son “expresión” de nuestras hondas aspiraciones.

Os traigo hoy el ejemplo de una antigua oración de san Buenaventura. Quizás parezca demasiado dulzona y sensible, un tanto anticuada. Pero está llena de aspiraciones transcendentes y profundísimas que alimentan a quien es capaz de vivirlas y no sólo recitarlas. Es mi pequeña contribución a la fiesta del “Corpus Cristi”, ya que esta oración se rezaba, después de la Comunión, en el colegio dominicano de mi infancia y juventud. Aunque, sin duda, es una oración para todo momento.

No me importa que me tachen de excesivamente tradicional o anticuado. No hace mucho me han enseñado que Dios es azúcar, bella metáfora que apunta a la alegría y el gozo que Él puede aportar a nuestras vidas, aunque no lo veamos. Como el azúcar disuelto en nuestros alimentos, no se le ve pero se le siente y se le disfruta. Ya hablaban nuestros antepasados del “frui Deo” (disfrutar a Dios) con toda verdad y realismo. Pues bien, que podáis saborear esta azucarada oración de un gran santo y doctor de la Iglesia:

«Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío, la médula de mi alma con el suavísimo y saludabilísimo dardo de tu amor; con la verdadera, pura y santísima caridad apostólica, a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre sólo en amarte y en deseo de poseerte.

Que por Ti suspire y desfallezca por hallarse en los atrios de tu Casa. Anhele ser desligada del cuerpo para unirse contigo. Haz que mi alma tenga hambre de Ti, Pan de los ángeles, alimento de las almas santas, Pan nuestro de cada día, lleno de fuerza, de toda dulzura y sabor, y de todo suave deleite.

Oh Jesús, a quien desean mirar los ángeles, tenga siempre mi corazón hambre de Ti, aliméntese de Ti, y el interior de mi alma rebose con la dulzura de tu sabor. Tenga siempre sed de Ti, fuente de vida, manantial de sabiduría y de ciencia, río de eterna luz, torrente de delicias, abundancia de la Casa de Dios.

Que te desee, te busque y te halle. Que a Ti vaya y a Ti llegue. Que en Ti piense y de Ti hable. Y que todas mis acciones se encaminen a honra y gloria de tu nombre, con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto, con perseverancia hasta el fin.

Para que Tú sólo seas siempre mi esperanza, toda mi confianza y mi riqueza; mi deleite, mi contento y mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad; mi paz, mi suavidad, mi perfume y mi dulzura, mi comida y mi alimento, mi refugio y mi auxilio, mi sabiduría y mi herencia, mi posesión y mi tesoro, en el cual estén siempre fija, firme e inconmoviblemente arraigados mi alma y mi corazón». AMEN.

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

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