Guía básica para matrimonios (II)

8 09 2010

Jairo del Agua*

Continúo: ¿Cuál es el elemento específico del grupo pareja? LA COMPLEMENTARIEDAD. Si no hay complementariedad no hay pareja. Por eso a la complementariedad la llamamos “ser de pareja”, lo esencial, el hueso de la pareja. Podéis llamarla si queréis amor complementario siempre que tengáis en cuenta que la palabra “amor” está hoy devaluada y se aplica tanto al amor verdadero como a sus contrarios (egoísmo y dominación). Hay muchos tipos de relaciones afectivas (amistad, parentesco, ayuda, educación, afinidad profunda, misión). Algunos de estos amores convergen en la relación de pareja. Pero lo que distingue el “amor de pareja” es la complementariedad.

A veces se confunde el amor con la atracción física (es una belleza, tiene un cuerpazo, es muy sexy…) o con la atracción sensible (es melosa, besucona, elegante, refinada…) o con la atracción intelectual (es inteligente, culta, coincidimos en ideas…) o con la atracción social (es médico, tiene dinero, pertenece a la clase alta…). Todas estas atracciones pueden existir en la pareja, no son malas, pero sí insuficientes. Lo esencial es el “amor de pareja” o complementariedad, que se basa en el descubrimiento profundo del otro, que nos llena de admiración y nos atrae porque nos completa y dinamiza.

La complementariedad se compone de: unas igualdades y unas diferencias.

Pongamos el ejemplo de un engranaje. No puede funcionar un piñón de plástico sobre otro de hierro. Para que el engranaje funcione sin romperse tienen que darse igualdades: el mismo material y la misma forma. Pero son las diferencias las que hacen que un piñón mueva al otro: los relieves de uno tienen que encajar exactamente en las hendiduras del otro (y no pienses ahora en el sexo, pillín). Si queremos hacer girar un disco liso contra otro igual, patinarán, se recalentarán, no hay transmisión recíproca de fuerza, sólo fricción y desgaste. La complementariedad unirá ajustadamente y hará posible que ambos giren simultáneamente, acompasadamente, suavemente, sin fricciones. La fuerza de uno y otro se complementa, se transmite mutuamente, se multiplica.

¿Ya habéis analizado y hablado sobre vuestras igualdades y diferencias? Lo considero básico.

Lo que hace único e indisoluble el amor entre un hombre y una mujer es la complementariedad. Sólo hay una mujer que sea “mi complemento”. Cuando la descubro no querré asociarme a otra porque con mi complemento (mi pareja) me siento pleno, satisfecho, equilibrado, en descanso y, al mismo tiempo, impulsado hacia mi propia realización, hacia mi propia plenitud. La unidad con esa persona y el dinamismo entre ambos es tal que se convierte en INDISOLUBLE. Si me quisieran separar de esa persona, me romperían a mí. Ella no sólo es parte de mi vida externa, de mi familia, de mi casa. Es más: es parte de mí mismo, de lo más profundo de mí.

Algunas metáforas:

  • El engranaje, ya citado.
  • La llave y su cerradura. Sólo hay una llave que abra mi cerradura.
  • La clave de una caja fuerte. Sólo hay una combinación posible.
  • Las piezas de un puzzle: Las cualidades de ella encajan perfectamente en las de él. Los defectos de él son soportables para ella porque encajan en alguna de sus cualidades (si él es vehemente ella es serena, si ella es miedosa él es valiente, si ella es pasiva él es activo, etc.). La complementariedad hace que el puzzle quede completo, que aparezca el dibujo de la pareja, su personalidad, su misión de vida.

Nota para cristianos: Aunque esta guía va dirigida a las parejas en general, no me resisto a hacer una breve aportación para quienes buscamos las referencias de la vida en el Evangelio, donde podemos leer: “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer (Mt 19,5 y Mc 10,7). Importante descubrir la idéntica redacción de ambos evangelistas, no hay variaciones como ocurre en otros textos paralelos. Nótese que dice: su mujer, no “una mujer”, “la mujer”, “mujer”. Deja bien claro que ha de unirse a su mujer y no a otra.

En mi modesta opinión, esto hace referencia a la “mujer complementaria” (su mujer, la que Dios ha creado para ese hombre y viceversa). No se refiere a la que podemos elegir (adquirir, convenir, convivir o formalizar) por error, por ofuscada pasión, por desconocimiento o por interés. Ésos no serían verdaderos matrimonios sino emparejamientos formalizados, errores de nuestra limitación, precipitación, instinto, falta de inteligencia (facultad eminentemente humana) o, incluso, de buscado engaño.

Por otro lado, es imposible interpretar que la voluntad divina pretenda perpetuar el error de una pareja que “formaliza” una unión (complementariedad) que nunca existió. De los que se unen erróneamente o maliciosamente no puede afirmarse que “Dios los ha unido” porque Él no comete errores.

Si se quiere abundar en esta interpretación, podemos seguir leyendo y darnos cuenta que se usan las mismas palabras al hablar del divorcio: “el que se separe de su mujer y se case con otra (cualquiera) comete adulterio” (Mt 19,9 y Mc 10,11).

Esto me lleva a pensar que muchos divorcios -no todos porque los hay fruto del capricho o la pasión carnal- son verdaderas nulidades, aunque ni se soliciten, ni se declaren por la autoridad eclesiástica. No hubo matrimonio real (complementariedad indisoluble) sino error, interés o malicia humanos.

¿Cómo descubrir la complementariedad?

Por el CONOCIMIENTO MUTUO.

He aquí otro elemento esencial del matrimonio humano: Conocerse uno mismo y conocer al otro. Esa debería ser la finalidad del noviazgo. Muchas rupturas matrimoniales tienen como origen la falta de conocimiento mutuo, que es también una de las causas de nulidad: “el error en la persona”.

“Antes de desnudar el cuerpo deberíamos desnudar el alma”. El amor verdadero nos debería llevar a explorar los tesoros interiores del otro mucho antes de paladear su cuerpo, porque existe el peligro evidente de quedarse con la cáscara e ignorar con quién nos estamos casando. Más tarde -tal vez con hijos inocentes- nos asaltarán las decepciones: no era como imaginé, sus aspiraciones son contrarias a las mías, es imposible vivir con esta persona, etc. Por el contrario, la consecuencia de la complementariedad -conocida y contrastada- es precisamente darse vida mutuamente, impulsarse a la realización personal y de pareja. Entonces la unión corporal adquiere todo su sentido y su proyección hacia el fruto de esa unidad.

A la seguridad de la complementariedad, de la unidad de pareja, se llega por el descubrimiento mutuo. Cuánto entretenimiento superficial, cuánto divertimento inútil, cuanta sexualidad descentrada, cuánto trato epidérmico, en las actuales parejas de novios primero y en los casados después. Esa construcción sobre arena se derrumbará al primer embate del viento de la vida.

Hoy día existen “escuelas de formación” que ayudan a analizar si existe complementariedad, cómo descubrirla y cómo potenciarla. El polvo de la vida (ambiente humano) y nuestra escasísima formación al respecto (limitación personal) oscurece frecuentemente esa realidad profunda y básica. Es esencial para los novios descubrir esa roca, sobre la que construir con solidez, antes de casarse. Pero es esencial igualmente para los casados descubrir, redescubrir y potenciar esa seguridad interior para hacer frente a los terremotos a los que, a veces, tiene que enfrentarse la vida matrimonial.

Hay ocasiones en que todo parece perdido porque se nos mueven los muebles o se apagaron las luces con las que veíamos los colores (realidades no esenciales). Muchos se frustran y optan por romper. Deberían primero bajar al sótano y comprobar el cimiento de la complementariedad mucho antes de divorciarse, incluso con ayuda especializada. Porque ocurre, con cierta frecuencia, que tocamos “de oído” (nos casamos sin preparación y discernimiento suficiente) pero acertamos porque la intuición humana también funciona. Si te divorcias de tu “complemento real” porque te entró pánico ante las dificultades, sin duda caerás en un error o en sucesivos errores. Todos conocemos las cadenas de divorcios que se dan en nuestro mundo. La regla de oro sería: “Párate a discernir antes de casarte, pero hazlo doblemente antes de separarte”.

Continuará…

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

Serie “Guía básica para matrimonios”, de Jairo del Agua:

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3 11 2010
Guía básica para matrimonios (IV) « Fe, Arte, Solidaridad… y Tú

[…] 2ª parte: la complementariedad […]

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