Estoy por la huelga general

19 09 2010

Con pena y cautela, pero digo sí. José Ignacio Calleja*

He tenido muchas dudas, pero estoy por la huelga general. Las dudas, porque no nos favorece a corto plazo en nada. No pienso en Zapatero y su cohorte política, sino en el ciudadano de a pie, clases medias y bajas, con trabajo o sin trabajo, ¡cuidado que hay muchas diferencias en esto!, y el poco “bacalao” que ahora mismo hay para cortar. Pero se me imponen las razones para tomar postura a favor de la huelga general.

Es posible que la huelga allane el camino a gobiernos futuros más conservadores y asuste a “los mercados”. Hasta ahí puede llegar una situación tan enrevesada. Pero si “la gente” no muestra que le queda la fuerza de la protesta social, hasta “la huelga general”, ¿dónde hallarán algún límite real, ¡no moral, sino real!, las fuerzas sociales y económicas más poderosas que nos han conducido hasta aquí?

La gente, lo que llamamos “pueblo llano”, está pasando por todo, porque los otros son “demasiado grandes para dejarlos caer o tirarlos, sin que nos aplasten”. Se podría decir que la justicia social más razonable —pienso en clave de sociedad de mercado libre— se nos presenta con la apariencia de que no es posible llevarla a cabo, sin provocar un destrozo “mayor” entre los más débiles.

Por eso el pacto social ha sido y es el menos malo de los recursos políticos, incluso sabiendo que no es justo. Pero el dinero ya no quiere ningún pacto social. Sabe que su rentabilidad reside en la libertad absoluta para ir y venir, entrar o salir, y sabe que si lo echan de aquí, allí se le recibe. Esto es Jauja. No tienen por qué pactar. Y por eso mismo, cualquier ciudadano medianamente informado, y ¡con miedo!, proclama: nada mejor es posible para todos.

Hasta tal punto es esto lo que pasa, un ejemplo, que si los paraísos fiscales son injustos hasta el extremo de lo inaceptable, no desaparecen, ¡no!, sino que cada país los promueve en su territorio con la forma de sociedades de inversión colectiva de renta variable (SICAV), y las libra de impuestos. ¿Cómo es posible, otro ejemplo, que en plena crisis financiera, los accionistas de los bancos sigan cobrando buenos dividendos? ¿Cómo es posible que hasta los banqueros reconozcan que siguen entre ellos —¡eso sí, en América!— las mismas prácticas que nos trajeron hasta aquí? ¿Cómo es posible que no haya problema para una promoción de policías autonómicos, 800 por ejemplo, y no haya dinero para otra de 200 inspectores fiscales? Es más fácil, y barato, perseguir al “chorizo” que el delito de guante blanco. Ver para creer. Ahora sí que el sistema social ha conseguido construir “las murallas inexpugnables de la ciudad”.

Sobrecoge decir sí a una huelga general, en un país con más de cuatro millones de parados, pero aún sobrecoge más, decir no, y tener que decirlo porque no sirve para nada, porque la última palabra de los mercados ya está dicha, y, o te sometes a su dictado, o te expulsan. Que sí, que sé lo de la rentabilidad y eficiencia productiva, y lo del sindicalismo “discutible”, y lo de que hay abusos e ineficiencias, y lo de que todo viene impuesto desde fuera a un país que no ha hecho los deberes, mal acostumbrado y peor gobernado, y al que ahora le toca con urgencia reordenarse.

Esta historia de “Zapatero tiene la culpa”, es tan evidente, como falsa en su fondo último. Los mercados financieros, ¡sus inversores hoy en libertad!, nos han arruinado a todos y quienes estábamos más a la intemperie, alegres y cantando nuestra buena estrella, mal gobernados, con una estructura productiva superada, mayor batacazo nos hemos dado. De haber contando con un buen conductor, hubiese sido mejor, pero el camino tortuoso y con paro masivo, es tan inevitable como el sol al amanecer.

Digo sí, por tanto, con todas las reservas de una persona informada, pero sí, para mostrar que “la gente” tiene derecho y conciencia “social” en el reparto de sacrificios y esfuerzos, y que no acepta transigir sin más con esta socialización de pérdidas que la gestión neoliberal de la crisis financiera, y económica, ha extendido como camino irrenunciable. Con inteligencia política, para no arriesgar más de lo necesario, para no ir —¡sin querer!— contra los más débiles en paro o excluidos, pero con firmeza de movimiento social popular contra las élites y los privilegiados del sistema.

Por cierto. Se lo dijimos a la Iglesia española hace cinco o seis años. Pocos, pero varios: “El crecimiento económico español es con pies de barro, insostenible, injusto en su reparto; a la mínima, una ruina general en desempleo y deuda”. Sonó demasiado pesimista e izquierdoso. Ganas de molestar desde el cristianismo “político”. Simplemente, copiábamos de algunos economistas y profesores de ética, humanistas y cristianos los más.

Ahora, seis años después, la culpa es de los otros y nosotros no teníamos información, o siempre lo denunciamos; ¿sí? ¿De verdad? La Iglesia socialmente ha hablado inconcreta y tardíamente. La restauración “doctrinal” se lo ha comido todo. Gracias a Cáritas, una vez más; pero ¡se le ha escuchado tan tarde y con tan poco análisis social!

Todavía hay tiempo. Mirando hacia delante. Zapatero es un problema. El sistema social de propiedad, dinero y leyes, es un problema más profundo y duradero. Es la persona, sí; son las estructuras que la sacrifican como a una víctima, también. Y ¡qué bien viven las élites en plena crisis y sin culpa alguna: todo es una necesidad de la modernización económica!

Con pena y cautela, pero digo sí a esta huelga general.

* José Ignacio Calleja es sacerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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One response

25 09 2010
Carmen

Sí, José Ignacio, no queda otro camino que la huelga, aunque en el fondo, bien lo sabemos, esto está orquestado como una filarmónica.

Hacemos huelga por ética, porque es la única manera de protestar frente al sistema. Lo malo es quenos la venden unos sindicatos pesebreros que convierten en el malo de la película a cualquier empresario. Y eso no es así.

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