En busca de un confesor

22 11 2010

Ronald Rolheiser*

Más que cualquier otra cosa, lo que quizás estamos buscando de modo inconsciente es un confesor, alguien a quien podamos abrir nuestros corazones, serle completamente transparentes, contarle nuestra confusión interior y admitir libremente nuestros pecados. Dentro de nuestra perenne búsqueda de un alma gemela está la búsqueda de un confesor. Pero un buen confesor no es fácil encontrarlo. Colm Toibin, en su reciente novela “Brooklyn”, nos da una de las razones del porqué es así.

Su personaje principal, Eilis, una muchacha de Dublín, se traslada a Nueva York y allí se enamora de un hombre llamado Tony. Pero, después de varios meses de relación, Eilis tiene que regresar a Irlanda porque su hermana Rosa ha muerto. Tony, inseguro, y temiendo que Eilis no regrese, le propone casarse por lo civil antes de su partida. De vuelta ya en Dublín, viviendo con su madre, llorando la muerte de su hermana y teniendo que diferir su regreso a Nueva York por la boda de una amiga, se siente pretendida fuertemente por un joven, Jim Farrell, y consiente tener unas cuantas citas con él, sin desvelarle su compromiso con su esposo americano. Pero ella se obsesiona interiormente con su propia falta de apertura y sufre angustiosamente sobre qué hacer. Lo que preferiría es compartir su secreto con él, desfogar su confusión, hacerle su confesor, y tomarlo como asistente para solucionar su problema; pero la inocencia de Jim le hace dudar. Como comenta Toibin: ¿Acaso podría ella revelarle a Jim el compromiso matrimonial que había contraído tan recientemente en Brooklyn? La única persona divorciada que la gente de su pueblo conocía era Elizabeth Taylor y quizás algunas otras estrellas de cine. Sería posible explicarle a Jim cómo llegó a casarse, pero él era un tipo que nunca había vivido fuera del pueblo. Pensó que la inocencia y la educación de Jim, que le hacían tan agradable en el trato, serían de hecho limitaciones, si se le planteaba algo tan inaudito e impensable, y tan lejano a su experiencia, como el divorcio. Lo mejor, pensó, era expulsar de su mente todo ese tinglado y confusión.

Doris Lessing hizo una vez un comentario sobre la famosa escritora británica George Eliot, sugiriendo que Eliot habría sido una escritora de mayor calidad y más profunda, si no hubiera sido tan moral. Parece ser que la inocencia puede ser, como temen Eilis y Doris Lessing, una limitación, algo que bloquea la empatía y comprensión. Pero, ¿es eso cierto?

Hay una corriente de pensamiento popular que sugiere con fuerza que eso es así, efectivamente. En sus formas más extremas, puedes observarlo en el cinismo existente en nuestra cultura en torno a la virginidad y a la inocencia, identificadas ambas, de forma simplista, con la ingenuidad y la falta de madurez. Efectivamente, se señala la falta de experiencia sexual como si fuera la más sospechosa de todas las ingenuidades. Es muy común el álgebra que equipara experiencia con “tener mucho mundo” o “andar de picos pardos” y que compara el “andar de picos pardos” o el “tener mucho mundo” con entender de la vida… Nuestros viejos catecismos enseñaban que, cuando Adán y Eva comieron la fruta prohibida, sus mentes se ofuscaron. La filosofía popular hoy destaca, por el contrario, que sus ojos se abrieron, que la experiencia, lícita o no, es la que ensancha la mente. Partiendo de ahí es fácil pasar a la idea de que el confesor ideal, la persona que realmente entiende de la vida, es alguien que “ha tenido mucho mundo” o que “ha andado de picos pardos”.

Pero nosotros realmente no creemos esto. ¿Por qué? Porque lo desmiente lo que inconscientemente buscamos en un confesor. Al buscar un confesor (no necesariamente un confesor en sentido sacramental) no buscamos otro compinche borracho, un cómplice nuestro en el crimen, alguien que no nos va a juzgar, porque su vida es justamente tan confusa y desordenada como la nuestra. Cuando buscamos un confesor, consciente o inconscientemente buscamos a alguien cuya comprensión y acogida nos va a llevar a un lugar diferente, más allá de nuestra confusión y debilidad. En el fondo sabemos que nuestro pecado no lo va a curar el pecado de otro, sino que necesita, por el contrario, encontrar algo más inocente, más cercano a Dios, como el abrazo del padre al hijo pródigo, en la parábola del evangelio.

Pero no todas las formas de inocencia logran pasar satisfactoriamente esta prueba. La poca disposición de Eilis para revelar sus luchas interiores frente a la inocencia de Jim pudo ser de hecho una decisión sabia. Hay una inocencia que, por ser deliberadamente ciega hasta cierto punto, es enfermizamente inmune a la complejidad. Pero hay también una inocencia, y ése es precisamente el tipo que inconscientemente buscamos, que cumple satisfactoriamente los requisitos.

Un joven seminarista, en lucha con sus problemas sexuales, escribió una vez a Teresita de Lisieux buscando su consejo. Aludió a sus conflictos, pero le dijo a ella: “Si compartiera en detalle contigo aquello con lo que realmente estoy luchando, me temo que te chocaría horriblemente y te escandalizaría, y no me responderías”. Teresita le contestó: “Si piensas así, entonces no me conoces realmente”.

El santo Cura de Ars fue un hombre de impresionante simplicidad y de inocencia absoluta. Sin embargo, fue quizás el confesor más buscado y solicitado de su tiempo. Suspiramos justamente por tener un confesor así, alguien ante quien podamos desahogar libremente nuestra complejidad, pero que al mismo tiempo no comparta nuestro pecado.

(Fuente: Ciudad Redonda, 15/11/2010)

* Ronald Rolheiser es sacerdote, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Estados Unidos. Más información

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