¿Por dónde viene Dios?

28 11 2010

Domingo I de Adviento. Félix Tudor

Yo soy un experto en huellas. Estudiando las huellas he detenido a muchos ladrones y asesinos. Un día me llamó el director del departamento de seguridad y me dijo: tengo un nuevo caso para usted. Quiero que descubra el camino por el que va a venir Dios. Usted es un experto en huellas, confío en que lo resolverá. Salí a la calle, recorrí caminos y avenidas, pregunté a los seguidores de ese tal Jesús, examiné muchas huellas y por primera vez en mi vida sentí que el caso se me escapaba de las manos.

Decidí abandonar el caso y, una mañana, muy desilusionado, me dirigí a la oficina del director de seguridad. En mi camino leí el rótulo de un escaparate que decía: “Los zapatos de Dios”. Entré y le expliqué al anciano que la regentaba mi gran problema. Éste me escuchó con mucha atención y entró en el interior de la tienda y me sacó unos zapatos desgastados, sin marca alguna y que no eran de mi número. Eran más pequeños. Tanto me insistió el buen hombre que me los puse y salí a la calle con los zapatos puestos. Lo que pasó a continuación es un misterio.

La tienda fue destruida para edificar apartamentos de lujo. Yo decidí largarme a Nueva York. Así que amigos, como el caso está aún sin resolver, les invito a hacerse cargo de él. Tenéis dos pistas fiables:

  • Primera: debéis poneros los zapatos de Dios, calza el mismo número que tus hermanos más pobres y menos queridos.
  • Segunda: las huellas de Dios son las huellas de la humanidad pobre y necesitada.

Si seguís estas huellas descubriréis el camino por el que Dios viene a vuestra vida y experimentaréis la alegría de la salvación. Dios no anuncia su venida en las vallas publicitarias de la ciudad, ni en youtube, ni en la web de la parroquia. Vosotros y yo tenemos que hacer de detectives y descubrir sus huellas en nuestro corazón. Hermoso trabajo para el tiempo de Adviento, es decir, para toda nuestra vida.

La sala de espera

Érase una vez un padre de familia muy anciano. Sus hijos, muy modernos y muy ocupados, no le prestaban ninguna atención y se sentía cada día más como un estorbo que como una presencia necesaria. Un buen día desapareció. Tardaron un tiempo en darse cuenta de su ausencia. Los hijos decidieron buscarlo pero no lo encontraron. Ahora se hacen muchas preguntas: ¿se fue porque quiso?, ¿se fugó del país?, ¿se suicidó?, ¿volverá algún día? La verdad es que sus hijos no sienten ninguna culpabilidad, entregados a sus negocios, ni lo echan ya en falta ni lo necesitan. El tiempo pasa y no parece dar señales de vida. Seguro que ha muerto.

ADVIENTO, palabra que repetiremos muchas veces a lo largo de estas cuatro semanas, es el tiempo en que esperamos al Jesús que nos dejó su tarjeta de visita el día de Navidad y que nos prometió revisitarnos un día sin previo aviso. La historia del padre desaparecido es la historia de Dios. Dios para muchos de nuestros contemporáneos ni es necesario ni es esperado y no significa nada.

El evangelio de este primer domingo de Adviento nos exhorta a estar en vela, porque no sabemos qué día vendrá nuestro Dios. Esta sociedad de las prisas quiere que todo sea rápido, odia esperar. Sólo se vive para ganar más, para gastar más y para gozar más.

Nelson Mandela pasó 27 años, diez mil días con sus diez mil noches, en la cárcel, su tiempo de Adviento, incubando el gran sueño de la libertad para todo un pueblo.

El creyente es alguien que espera, no cualquier acontecimiento, espera el gran acontecimiento de la implantación total del Reino de Dios, el nuevo orden de cosas que no se parece en nada al orden en que vivimos en esta sala de espera que es nuestro mundo y nuestra Iglesia.

El creyente espera gozar de la visión, hoy sólo barruntada, dibujada por el profeta de la esperanza, Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob ven; caminemos a la luz del Señor”. El creyente curará la inevitable miopía propia del presente, del todavía no, para gozar de la visión total. El creyente es alguien que espera a Dios, que se hizo presente en Jesús, pero que siempre está viniendo porque es el futuro, el destino de la humanidad.

¿Y cómo llenar este tiempo de espera en este vientre terrenal?

“Yo amo a Jesús, que nos dijo:
Cielo y tierra pasarán.
Aunque cielo y tierra pasen,
Mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad”.

(Antonio Machado)

Velad con confianza, estamos en buenas manos. Sabemos de quien nos hemos fiado. Velad viviendo “con dignidad” nos dice Pablo. Nada de lujos, con sencillez, queriendo no querer nada inesencial.

Velad y “vestíos del Señor Jesús”. Él se vistió de nuestra carne mortal. A nosotros nos toca vestirnos con los sentimientos del Señor Jesús. Humildad, compasión, servicio, amor…”Velad, y reforzad lo que queda y está a punto de morir”. “El vencedor será vestido con vestiduras blancas y no borraré su nombre del libro de la vida”, dice el Apocalipsis.

Velad, llenemos el tiempo de la espera no sólo con los negocios de este mundo sino ocupándonos de las cosas de Dios nuestro Padre. Velad, orad y resistid a la tentación y al tentador que nos susurra: “Don’t worry. Be happy”. Nadie te espera. Al que esperamos y lo que esperamos van configurando, sin darnos cuenta, nuestras vidas. Somos lo que esperamos.

“La vida en la cárcel me recuerda mucho el Adviento. Uno espera y confía y da vueltas pero lo que hacemos tiene poca importancia. La puerta está cerrada y sólo se puede abrir desde afuera”, escribe Bonhoeffer.

(Fuente: Antena Misionera, 25/11/2010)

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