Que «la casa» no sea una «escuela de extorsionadores»

19 02 2011

Lilián Carapia Cruz*

Niños y adolescentes aprenden a hacer lo que ven en los mayores; si los ven ejercer presión y amenazas, contra ellos mismos o contra otras personas, con el fin de obligarlos a obrar en determinado sentido… están aprendiendo a ejercer la extorsión. Es el Diccionario de la Real Academia Española el que define la extorsión en estos términos. No siempre la extorsión se ejerce a cambio de dinero; a veces se extorsiona a las personas tocándolas «donde más les duele». Algunas veces se les extorsiona obligándolas a callar «para evitar males mayores», y otras, a traicionar su propia conciencia y hacer lo que no estaban convencidas de que debieran hacer, si no quieren que «otros paguen las consecuencias»

Grandes y pequeñas mafias

Antes de preocuparnos y ocuparnos por ofrecer soluciones al problema de las grandes «mafias de afuera» ‒lo cual es nuestro irrecusable deber‒, «por aquello de las dudas» sería bueno que todos comenzáramos por revisar bien «nuestra casa», no vaya a ser que allí mismo tengamos una «mafia». Y «la casa» es aquí un término que podemos ampliar para abarcar todos los ámbitos en los que compartimos nuestra vida con otras personas creando lazos que nos comprometen. Puede ser el hogar, las comunidades en la Iglesia misma, nuestros espacios laborales… Así, tenemos «casas» en las que, con una fina malicia, una autoridad abusa de quienes tiene a su cargo haciendo sentir «todo su peso»; otras, en las que un patrón extorsiona al empleado ‒o un empleado a otro‒ con la amenaza latente de hacerle perder el empleo, mínimamente. Hay otras «casas» donde un profesor ejerce presión sobre algún alumno usando las calificaciones como medio de extorsión. También hay «casas» donde uno de los cónyuges extorsiona al otro usando de la intimidación y la agresión, psicológica o verbal; donde uno de los hermanos está cometiendo delitos y presiona a los otros para que callen… Y no faltan las «casas» en las que a los niños y adolescentes se les enseña a mentir e incluso a delinquir, bajo la constante presión de lo mal que le puede ir a quien no «coopere».

¿Cristianos o maquiavélicos?

En medio de esta maraña de corrupciones de la que todos ‒sea por nuestras acciones o por nuestras omisiones; en mayor o menor grado; más directa o indirectamente‒ somos responsables, no faltan los que dicen tener «recta intención» al actuar así. ¡Hasta hay cárteles de sicarios y traficantes de drogas, armas, órganos, personas… que «exigen» a sus miembros practicar las «buenas maneras» y ser humildes con los ciudadanos! ¡Sólo pueden usar sus AK-47 contra quienes se opongan a que ellos vayan construyendo la nación muy «justa» que sueñan! ¡Sí, cada cual puede hacerse la idea que mejor le acomode de valores, humildad y justicia en este mundo relativista! ¡No faltaba más!

Hagamos memoria. Fue Nicolás Maquiavelo, no Jesucristo, el autor de la nefasta mentalidad que proclama que: «el fin justifica los medios». Debemos tomar postura y bien definida. Si vamos a decir que somos católicos, debemos seguir a Jesucristo, no a Maquiavelo. La recta intención no basta, sino que ésta debe ser ejecutada con medios lícitos. Jesús no nos enseñó a hacer trampas, a coaccionar, a mentir, a «silenciar al que estorbe», a arreglar las cosas «por debajito del agua» ni a simular ante el mal, nunca. Ni siquiera para hacer que los hombres aceptaran su Evangelio «por su bien», o para garantizar la seguridad de su «pequeño rebaño».

Cuando se emplean medios que son malos en sí mismos, no los «bautiza» ninguna supuesta «recta intención», porque ella, por sí misma, no hace bueno ni justo un comportamiento que intrínsecamente no lo es. Así «no se puede justificar la condena de un inocente como medio legítimo para salvar al pueblo» (CEC, n. 1753). De manera que nadie que actúe maquiavélicamente con una sola persona tiene porqué decir que lo hace con vistas a «asegurar el bien común».

Pidamos y hagamos la paz

Una vez que hayamos encontrado nuestra «casa» limpia de extorsiones y mafias, ahora sí podemos salir a las calles con nuestras pancartas, pidiendo la paz. Si no, comencemos a trabajar. Porque la paz no sólo se pide: hay que construirla también. Si nuestros niños y adolescentes siguen contemplando cómo arreglan sus asuntos los mayores por medio de toda clase de maldades, eso mismo aprenderán a hacer, y aquello del crimen organizado no sólo podría no parar, sino crecer cada vez más, para desgracia de todos.

* Lilián Carapia Cruz es licenciada en Filosofía y religiosa del Instituto de Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra, en México. Lee otros artículos suyos en FAST

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