Carta para deprimidos

23 02 2011

La sanadora suma de psicología y religión. Jairo del Agua*

Ha llegado el invierno con sus días grises y sus luces cortas. La naturaleza se repliega y parece que la vida se aleja de nosotros como el sol. Sé que tu llagada sensibilidad recoge todos los quejidos de la tierra y tu depresión aumenta en este tiempo. Si le añades la cuesta de enero, entonces todo en ti cruje.

Permíteme recordarte el principio de individualidad, que rige la vida, y el privilegio de la libertad, exclusivo del ser humano. Nadie puede vivir por ti. Eres tú quien tiene que vivir y gestionar tu libre individualidad. Si acaso, alguien podrá iluminarla, como intentan estas líneas. No puedes pretender que carguen contigo como si fueras un fósil. Tienes una responsabilidad intransferible que nace de tu libertad personal, ésa que en ocasiones con tanto ardor defiendes.

Tu tendencia a dejarte caer, a postergar toda acción, a exigir que los demás trabajen y decidan por ti, son hábitos mortíferos que vienes cultivando desde hace demasiado tiempo. Si necesitases un riñón, con celeridad me haría tu donante. Si una transfusión mía te animase, ahí me tendrías. Pero tu situación depende de tus opciones personales y tus actitudes ante la vida, que yo no puedo cambiar. A estas alturas ya sabes que la depresión no mejora huyéndote, ni compadeciéndote, ni justificándote, ni echándote a la suerte, esa fantasmal impostora. Las cosas no cambian solas, es necesario actuar, comprometerse con un plan de vida que te libere de la inacción, recobrar las aspiraciones profundas que laten en tu fondo.

Te ayudará Romanos 8, de Pablo. Es un canto a la esperanza y a la vida. Aunque estés frío y alejado en estos momentos, tal vez encuentres el consuelo que anhelas. No puedes seguir alimentando pensamientos de muerte, no puedes seguir claudicando: “Porque el deseo de la carne es la muerte, pero el pensamiento del espíritu es la vida y la paz (Rom 8,6).

Tienes miedo y agigantas con tu imaginación los fantasmas del futuro omitiendo la actividad del presente. ¿Olvidaste que a “esa loca” sólo se la vence huyendo y abrazándote a la realidad? Te acongoja la soledad y olvidas que no estás ni dejado ni solo: “Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros” (Rom 8,11).

Sé que, en ocasiones, tus errores del pasado emergen como monstruos y te sientes culpable, derrotado, perdido. Otras veces culpabilizas a los otros y a las circunstancias. Cuando te dejas envenenar por la culpación propia o ajena estás matando el presente, único momento que realmente tienes para rectificar. Estamos sometidos a la ley de la causalidad: “a tal causa corresponde tal efecto” o, dicho de otra forma, “todo acto u omisión tiene sus consecuencias”. Ya no tienes dominio sobre los actos pasados, de nada sirve lamentarse o despreciarse por ellos. Sólo cabe aceptar las amargas consecuencias y gestionar tu presente (tus pensamientos, tus actitudes, tus actos, tus relaciones). Ése es tu gran poder: de lo que hagas u omitas AHORA dependerán los efectos futuros. No hay actos neutros, todos tienen consecuencias positivas o negativas.

Tu situación actual es consecuencia de tu pasado, el que elegiste o el que dolorosamente te impusieron. Pero no puedes hundirte en una inactiva culpación o paralizante temor. Mientras hay vida hay esperanza: “No hay condenación alguna para los que están unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu, que da la vida en Cristo Jesús, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8,1). “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre!” (Rom 8,14).

¿Dónde nos guía ese Espíritu sino a vivir plenamente, a desarrollar nuestros talentos, a decidir nuestro presente, a ordenar nuestra existencia hacia la madurez y la felicidad? Dios siempre rema a nuestro favor: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque no sabemos lo que nos conviene, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables… Y sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman” (Rom 8,26).

Si estuvieses paralítico y la rehabilitación pudiese devolverte el movimiento, harías ese esfuerzo con constancia. Pero la paciente reeducación que necesitas no la afrontas porque te falta coraje y fe en ti mismo. Cada día eliges seguir atado al inmovilismo de tus atonías. La de tu brillante inteligencia que, adormecida, ya no consigue analizar ni comprender. La atonía de tu libertad (tu capacidad de elegir) estancada en esa angustiosa indecisión permanente. La atonía de tu voluntad, que renuncia a movilizar las energías del cuerpo para ejecutar cualquier acción. Y la apatía del propio cuerpo, que te mantiene demasiado tiempo derrumbado, cuando tu movilidad está intacta y tienes sol, aire, ríos y caminos que sorber.

Una depresión no dura siempre. De una depresión se sale. Pero ocurre que la reeducación de los malos funcionamientos y en especial de las atonías no se consigue con farmacopea. Cuando nos rendimos a nuestros hábitos perjudiciales estamos rodando cuesta abajo, estamos renunciando a la vida y cortejando a la muerte ([1]).

Tengo experiencia de lo que cuesta caminar cuando las sombras nos oprimen. Sé que es imprescindible volver a lo más íntimo, a lo más profundo, allí donde todavía brotan aguas cristalinas e incontaminadas, allí donde se encuentra la motivación: “Si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; si es que padecemos con él, para ser también glorificados con él. Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8,17).

¿Podrás decir tú que estás más perseguido que los cristianos romanos a los que escribe Pablo? Déjate vivificar: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8,31).

En los momentos difíciles de mi vida, incluidos aquéllos triturados por la depresión o el fracaso, estas palabras fueron mi roca e íntimo gozo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… Pero de todas estas cosas salimos triunfadores por medio de Aquél que nos amó. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna podrá separarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,35).

¡Que su fuerza te acompañe! ¡Ábrete a la Vida!


[1] Para más información sobre los funcionamientos de la persona véase “La persona y su crecimiento”, editado por PRH Internacional (www.prh-iberica.com).

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

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2 responses

27 02 2011
martha unavidaenconstrucc

las reflexiones en tiempos dificiles son necesarias para abrir una puerta a la esperanza….gracias, la compartiré…! bendiciones

15 04 2011
Karina

Navengando en internet me encontré con esta publicación, creo que no fue casualidad….el señor nos conoce bien, y sabe lo que necesitamos.
Ha sido de mucho beneficio para mi leer esta publicación…y nos ayuda a ver la vida con ojos nuevos en cristo. bendiciones….

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