El anhelo, el deseo y el rostro de Dios

27 02 2011

Ronald Rolheiser*

“Como anhela la cierva corrientes de agua,
así mi alma te anhela a ti, oh Dios”.
“Mi alma vela por ti durante la noche”.

Todos hemos oído estas frases, las hemos hecho oración, y en nuestros momentos de reflexión más profunda intentamos sentirlas de verdad; pero, generalmente, nuestros corazones han desmentido esas palabras. No hemos anhelado a Dios realmente, con auténtica intensidad; al menos no en nuestros pensamientos y sentimientos más conscientes; y por la noche, estando en cama, nuestras almas están generalmente velando por alguien diferente de Dios. Pero no tenemos que disculparnos por esto.

Somos seres humanos, no ángeles, y la naturaleza y el instinto conspiran para que fijemos nuestra mirada y nuestro deseo en esta tierra. Lo que nuestros corazones anhelan intensamente son de hecho las personas y cosas de este mundo. Además, nuestros anhelos son salvajes y promiscuos. Suspiramos por muchas cosas, aunque nuestros anhelos normalmente tienen que ver más con el anhelo por un amigo íntimo o alma gemela y con la consumación emocional y sexual.

Esos deseos, a primera vista al menos, no aparecen generalmente como santos u orientados hacia Dios. De hecho, dan sensación de lo contrario. Aquello que anhelamos con profunda intensidad y lo que nos mantiene en vela por la noche es, la mayoría de las veces, alguien o algo mucho más vulgar y erótico que lo que asociamos con Dios. Por ejemplo, cuando el hombre ve a una mujer llamativamente hermosa o cuando experimentamos fuerte atracción sexual, ¿qué estamos sintiendo dentro de nosotros mismos frente a ese deslumbramiento? ¿Por quién vela nuestro espíritu en ese momento? ¿Qué estamos anhelando entonces?

No nos atrevemos a asociar lo que estamos sintiendo en esos momentos con los santos sentimientos que verbalizamos en nuestros salmos y oraciones. Y con eso nos hemos empobrecido religiosa y humanamente. En primer lugar, ese deseo, lejos de ser malsano, es de hecho una señal de buena salud. Se supone que la belleza hay que honrarla; se supone que nosotros debemos sentir fuerte tirón y atracción, hasta con su componente sexual. Se supone también, desde luego, que la belleza debe ser respetada y no violada. Nuestra capacidad de honrar la belleza es una señal de salud, y nuestra capacidad de no violar esa belleza es una prueba de esa misma salud; aunque no se trata de eso aquí.

De lo que aquí se trata es de que, consciente e inconscientemente, interpretamos estas fuertes, desinhibidas y eróticas atracciones como algo que nos aleja de Dios y como algo a lo que tenemos que renunciar para acercarnos a él. Nuestro deseo de Dios, por una parte, y nuestros deseos desenfadados y sexuales por otra, se perciben como rivales, incompatibles entre sí, y como exigiendo la renuncia del uno por el otro. Esa idea equivocada nos lastima más de lo que imaginamos. ¿Por qué?

Porque todo lo bello y atractivo, por desinhibido y sexual que sea, está contenido en el ámbito de Dios. Dios es el creador de todo lo bello, atractivo, lleno de color, sexual, ingenioso, brillante e inteligente. Todo lo que nos atrae en esta nuestra tierra, incluso la belleza que nos seduce sexualmente, se encuentra dentro del ámbito de Dios, y nuestra atracción y anhelo por todo ello aquí en este mundo es, al fin y al cabo, un anhelar a Dios. Nuestro espíritu tiene que velar a un nivel más profundo.

Esto es lo que muchos santos y místicos intuyeron cuando sintieron con tal intensidad su anhelo de unirse con Dios. Todo lo bello y atractivo se encuentra en el ámbito de Dios y se encuentra allí en una forma que excede nuestra experiencia aquí en la tierra. Los santos y místicos intuyeron atinadamente que Dios es más interesante, más bello y más sexual que nadie o que nada, aquí en la tierra. Por tanto, su añoranza o anhelo de Dios se podría comparar a una cierva que anhela apagar su sed en la corriente de aguas fresas y cristalinas.

Nosotros -que no somos santos- experimentamos la misma añoranza y la misma intensidad, salvo que nunca asociamos esos sentimientos con Dios, aunque deberíamos hacerlo. El desgarro y dolor que sentimos dentro de nosotros mismos ante una obsesión, un fuerte deseo sexual y frente a una belleza despampanante es, en el fondo, un anhelo y añoranza de Dios, ya que todo lo que deseamos, por más humano, carnal o sexual que sea, está dentro de Dios, autor de todo lo que es bueno. Nuestro espíritu también tiene sed de Dios y permanece en vela por Dios durante la noche, aun cuando normalmente no nos percatemos de ello.

Pero realmente nunca entendemos nosotros esto. Si lo comprendiéramos, llegaríamos, como los santos y místicos de antaño, a obsesionarnos por Dios, en vez de sentirnos obsesionados únicamente por lo que encontramos atractivo aquí en la tierra. Algunos de nosotros se obsesionan por la belleza; otros viven obsesionados por encontrar el amigo íntimo, el alma gemela; a otros les obsesiona el sexo; otros se sienten obsesionados por la verdad, la justicia; y otros se obsesionan por la energía, el color y los placeres de este mundo. Pero bien pocos de nosotros nos obsesionamos, o ni siquiera nos interesamos mucho, por Dios, que es el autor de la belleza, sexualidad, intimidad, verdad, justicia, energía, color y placer.

¿Por qué no nos interesamos más por Aquel de quien todas esas cosas son sólo un pálido reflejo?

(Fuente: Ciudad Redonda, 13/12/2010)

* Ronald Rolheiser es sacerdote, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Estados Unidos. Más información

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27 02 2011
Nicolás

Padre Ronald Rolheiser, un saludo cordial. He leido su artículo titulado El anhelo, el deseo y el rostro de Dios, reivindica nuestra sexualidad, que la iglesia católica ha convertido en impuro, sucio, algo indigno para Dios. Soy peruano y entre muchos santos de la Iglesia Católica tenemos a Santa Rosa de Lima. Lo canonizaron principalmente por que fué virgen y para ser virgen se autotorturó poniendose fierros como cinturón de castidad con candados cuyas llaves las tíró a un inmmenso poso. Además, dicen que por inmenso amor a Cristo, ayunó se autoflajeló, torturó su cuerpo a tal punto que murió a temprana edad a los 33 años, ¿no es acaso esto un suicidio lento?… ¿Eso quiere Dios?
Padre Ronald, sobre esto y mucho más tengo, mejor diré tenemos (por que somos un grupo de profesionales periodistas y profesores universitarios) un sin número de interrogantes.
¿Por qué ese rechazo o afrenta a nuestra sexualidad por parte de la Religión Católica?
¿Por qué para ser santo hay que torutar nuestro cuerpo físico con ayunos, cilicios, autoflagelaciones, supuesta mente por amor a Dios?
¿En qué parte de los Evangelios enseña Jesús el desprecio a la sexualidad, donde dice que para entrar al Reino de Dios hay que masacrar nuestro cuerpo?
¿Padre supongo que ud. a leido el libro “Jesús, Aproximaciones Históricas” de su colega el padre Pagolo?. Nosotros acabamos de leer, qué hermoso, qué profundo. Nos gustaría su comentarios sobre ese libro
Finalemnet ¿Ha leido Ud. el Libros “Conversaciones con Dios” de su compatriota norteamericano Neale Donald Walsch?….Increiblemente coincide en mcuho lo que ud. afirma de la sexualidad con lo que supuestamente Dios dice sobre la sexualidad en esa libro (tres tomos) Conversaciones con Dios.
Le ruego su comentarios a las preguntas hechas. mándenos a este correo electrónico: nicoligar@hotmail.com
Anticipamos nuestro reconocimiento

Nicolás

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