Minaretes en Jerusalén

24 03 2011

Javier Martín Calderón*

Llegué a Jerusalén una lluviosa noche de noviembre. Había leído mucho sobre la ciudad: me había imaginado cientos de veces perdiéndome por sus callejuelas laberínticas, acariciando el Muro, observando esos atardeceres, que tantas veces vi en fotografías,  en los que el sol se ponía, enorme y rojizo, sobre el desierto de Judea. En mi cabeza bullían mil y una ideas románticas. Jerusalén…  Para mí era algo más que una ciudad. Era el lugar donde creía que encontraría respuestas a muchas preguntas que aún no había sabido responderme.

Viajé solo. Durante diez días recorrí la ciudad de punta a punta. Palpé cada uno de sus rincones, me fundí con sus olores, colores y sonidos. Visité el norte y el sur del país. Conocí Masada, subí hasta la cumbre de aquella ciudadela, que dos mil años atrás fue testigo de un asedio romano durante dos años para acabar con la rebelión judía de los zelotes. Me adentré en las secas costas del Mar Muerto. La Tierra me mostró su cara más inhóspita en un terreno surcado por las grietas y la ausencia de vida. Floté en sus aguas; la sal penetró en mis heridas y sentí que las leyes de la física se hacían añicos mientras mi cuerpo se resistía a hundirse. Paseé por el norte del país, tras un largo viaje en autobús. Armado tan solo con un cuaderno, una cámara de fotos y me deficiente inglés, visité Belén, atravesando un check-point israelí. Fui testigo en primera persona del dolor de los palestinos, presos en su propio hogar. La inmensa maquinaria bélica israelí empujaba sus sueños contra un muro de siete metros de altura coronado por torres de vigilancia y alambradas de espino. No buscaba la religión en esa tierra. Buscaba el espíritu del hombre, intentaba comprender que había en aquel lugar para que durante tres mil años de historia los hombres se mataran por poseerlo. No encontré la respuesta, pero sé que me enamoré de aquella luz, de aquellas sensaciones. Lo sé por lo siguiente.

El día que tomé esta fotografía, estuve en la Basílica de San Pedro de Gallicantu, edificada en el Monte Sión, lugar en el que Jesús permaneció encarcelado la noche antes de su crucifixión. Cuando me disponía a irme, observé a la derecha de la Basílica un mirador desde el que se dominaban los valles de Josafat y Kidrón, que componen la parte palestina de Jerusalén. Me detuve unos minutos, para observar el anochecer caer sobre aquellos extensos barrios de casuchas pobremente construidas. Cuando el último rayo de sol se extinguió, Jerusalén me hizo un regalo que difícilmente olvidaré. Era viernes, y todos los minaretes de la ciudad entonaron la llamada a la oración de la noche. El valle entero se llenó de cánticos que repetían una y otra vez “Allah Akbar”, copando el aire, mientras yo miraba a uno y otro lado, atónito e incrédulo.  Si hubiera podido rasgar el aire con un cuchillo, estoy seguro de que los sonidos habrían resbalado por el filo hasta mi mano. Salí de allí sintiendo una especie de éxtasis, con una profunda sensación de irrealidad dentro de mí. Caminé hasta el Monte de los Olivos, consciente de haber vivido una experiencia casi mística.

Hoy, un atentado contra un autobús en Jerusalén ha dejado un muerto y más de 30 heridos graves. Al escuchar la noticia, he vuelto a oír aquellos altavoces propagando por el aire la llamada a la oración. Por unos segundos he vuelto a sentir que aquellas voces me rodeaban, uniéndome a la ciudad, pero el ruido de las bombas ha entrado en mi cabeza, como una avalancha, mezclándose con el de las ambulancias y los gritos de los heridos. He sentido pena, tristeza, de sentir aquella quietud, aquella paz, rotas por el odio. La misma pena y tristeza que experimento cuando imagino el estruendo de los helicópteros sobrevolando Gaza, lanzando su carga mortal de explosivos sobre civiles inocentes.

La civilización occidental nació en aquella tierra mágica. Oriente y Occidente se mezclan en ella, haciendo consciente al hombre de que la convivencia de lo diferente nos fortalece. Allí supe que la unión de lo distinto es posible. Jerusalén es la suma de todas las almas, de todos los credos, de todos los anhelos de trascender la materia. La paz es posible: yo la sentí mientras el eco de los cánticos en árabe de los minaretes se perdía en mi interior.

* Javier Martín Calderón es licenciado en Periodismo.

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