¡Mi hijo ya es sacerdote!

23 05 2011

María Isabel Montiel*

Hace varios domingos, concretamente en el segundo de Cuaresma, escuchábamos cómo Dios hablaba a Abrahán: “Sal de la tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”.

Recuerdo lo que sentí hace unos años cuando oí esta misma lectura, poco después de que mi hijo pequeño (con 19 años), me dijera que quería irse al seminario. Parecía que estaba puesta para que yo entendiera que Dios le llamaba también a él.

La noticia no me cayó muy bien porque estábamos atravesando una difícil situación familiar, y su marcha suponía una tristeza más. Y no es que no me gustara su elección, pues siempre dije que no me importaría que uno de mis hijos fuera sacerdote, pero en ese momento no quería separarme de él, y me parecía que se iba demasiado pronto de casa. Aún así, le pedí que no se fijara en mis lágrimas e hiciera lo que creía debía hacer. La separación fue dura, pero di gracias a Dios por el regalo que nos hacía al llamarle al sacerdocio.

La idea que se suele tener cuando un hijo se hace religioso es que se le pierde para siempre. Nada más lejos de la realidad. La presencia física es  importante pero lo es más la cercanía que transmiten, a pesar de la distancia. Quizás sean más sensibles a los problemas de los demás porque notan a Dios cerca, y eso les hace proyectar su Amor a todos. Los padres que tienen hijos que han decidido dedicar su vida a Dios en una u otra faceta, saben que lo que digo es cierto.

Los sacerdotes han sido muy necesarios en todas las épocas y los son especialmente en la actual, en que parece que se ha perdido el “norte”, y los valores que priman no son precisamente los que contribuyen a mejorar el mundo.

El lema de este año para el Día del Seminario era: “El sacerdote, don de Dios para el mundo”. Y mucho antes ya lo dijo el santo Cura de Ars: “Necesitamos sacerdotes para renovar el mundo”.

Sabemos la cantidad de personas que viven insatisfechas e infelices, aún en los países que parecen no carecer de nada, porque el vacío interior no se llena con cosas materiales. El sacerdote puede ser el más indicado, como un psicólogo, para ayudarles a valorar lo positivo de  la vida, y trascender hacia lo fundamental, porque es cauce para que llegue a todos la Misericordia y el Amor de Dios. Hay que dar muchas gracias por esas vocaciones.

Sé que también están en nuestra mente esas actuaciones indignas, más todavía en personas consagradas. Es muy doloroso y habrá que castigar a los culpables, además de procurar que no vuelva suceder, pero es insignificante el número de casos en comparación con la cantidad de religiosos que se dejan la vida (a veces literalmente), por los más pobres y abandonados de la tierra. De esos no se habla en los medios de comunicación. Menos mal que no les importa no ser noticia; es algo más grande lo que les mueve.

Últimamente escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y hay que seguir pidiendo a Dios que “envíe obreros a su mies”, pero no sólo va a ser cosa de Dios. Todos tenemos nuestra parcelita que habrá que cultivar para recoger los frutos. La familia es la primera que puede sembrar la semilla para que esa vocaciones nazcan, y  sobre todo, no influir negativamente en las que ya han brotado.

Si bien es verdad que sólo Dios llama, y sólo el llamado tiene la posibilidad de responder a la llamada, la Iglesia en su conjunto, y cada cristiano en particular deben favorecer, promover y apoyar las vocaciones que Dios suscita.

Oremos para que haya jóvenes valientes capaces de decir al Señor: “Aquí estoy porque me has llamado, para hacer tu voluntad”. Nada fácil en este mundo materialista y que basa casi todo en el éxito, el tener, el placer, el dinero, y en todo lo que produce satisfacción a corto plazo y con poco esfuerzo. No es por eso el sacerdocio una de esas “profesiones” que esté de moda, ni en la mente de muchos jóvenes, ni tampoco en la de sus padres. Aunque quizás otras no produzcan tanta felicidad a pesar de las dificultades.

En nuestra sociedad hacen falta personas que ayuden a elevar la mirada, a abrirnos a otros horizontes y a plantearnos preguntas sobre el sentido de la vida. Y los que por diversa razones no la encuentran sentido, precisan de alguien que les invite a hallarlo en el amor de Dios y el servicio a los hermanos.

¡Qué suerte poder abrir nuestro corazón a un sacerdote cuando estamos mendigando cariño, escucha, consejo, esperanza…! Él puede ofrecernos el perdón y el Amor de Dios y orientarnos hacia un nuevo comienzo en nuestra vida.

No cabe duda que necesitamos a los sacerdotes, porque seguimos necesitados de Dios. Pero, ¿hemos pensado que ellos también esperan algo de nosotros los laicos? Nuestro apoyo, nuestra compañía, comprensión, oraciones… La unión con Dios les aporta una gran fuerza, pero son humanos y tienen un corazón de carne. Algunas vocaciones pueden frustrarse por sentirse demasiado solos en su ministerio. No olvidemos que todos los bautizados estamos llamados a evangelizar y a trabajar en la viña del Señor.

Pidamos a Dios que siga llamando y dando luz y gracia a los que responden con un a fondo perdido, para que su vida y ejemplo sean faro que nos ilumine. Cuando el sacerdote lleva el estilo de Jesús, los demás lo notan y puede que se contagien.

Gracias, Señor, por el don del sacerdocio.

* María Isabel Montiel es Salesiana Cooperadora y profesora de Educación Primaria en Guadalajara. Lee otros artículos suyos

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3 responses

23 05 2011
Marina

Precioso. Muchas gracias. Ojalá tengamos todos la fuerza para decir valientemente “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

24 05 2011
Cristina

¡Gloria a Dios!, gracias por compartir éste testimonio de un Amor puro, un Amor que alimenta, nos alimenta a todos.
Con tu permiso lo comparto, que Dios los bendiga siempre!
¡Bendita familia! ¡Benditos sacerdotes! ¡Bendita Iglesia!
Paz y Bien

24 06 2011
Eusebio Martínez

Maribel: me ha gustado mucho tu reflexión… porque lo vivies y lo comunicas sin miedo.
¡Gracias!
Eusebio Martínez

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