El sacramento de la alegría (II): el regocijo de sus brazos

18 06 2011

Jairo del Agua*

Dicen los letrados que este sacramento se instituyó con las palabras: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,23). No lo puedo entender como la concesión de un poder y, mucho menos, de una potestad para retener pecados, contraria al Dios Misericordia revelado por Cristo. En ese pasaje oigo un envío urgente a ayudar. De hecho viene justo después: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21).

El poder de la Iglesia, como el del sol, no es otro que iluminar y calentar. Por más que interpretaciones literales e interesadas hayan querido defender la prepotencia de una institución emanada del Amor. Quizás una bien intencionada “misión de salvar” se confundió con el poder absoluto de las organizaciones políticas circundantes. ¿Podría entenderse un supuesto poder del sol para hundir en la oscuridad a determinados seres humanos? ¡Eso es una interpretación “contra natura”!

Mi lectura de ese pasaje es: ¡A quienes liberéis quedarán liberados, a quienes no consigáis liberar quedarán encadenados. Os envío a perdonar, a curar, a ayudar. Si vosotros no llegáis seguirán atados! Interpretación que casa perfectamente con el pasaje del envío: “Id… Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, echad a los demonios: gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mt 10,6). Y advierte expresamente que no lleven signos de poder: “No llevéis oro, ni plata, ni dinero…” (Mt 10,9). Por eso reivindico el nombre de sacramento de la ayuda, de la liberación, de la alegría, sin absurdos poderes para perdonar o rechazar.

En realidad este sacramento no es para que Dios nos perdone sino para que nosotros nos abramos a su perdón y tomemos el camino de vuelta. Él nos tiene perdonados desde la eternidad. Dios es “puro acto”, nada tiene “en potencia”, es un Ser Pleno y Presente. Luego no cabe “una espera” al pecado para poder perdonarlo, como no cabe “una espera” a nuestra oración para atenderla. El perdón fluye permanentemente de su esencia: Amor presente, infinito y eterno. Nos equivocamos cuando decimos: “Dios te perdonará” o “Dios te concederá…”. Nada es futuro en Dios, todo es presente: te está perdonando y se está derramando sobre ti en todo momento.

¿Entonces es innecesario este sacramento? ¡Todo lo contrario! Es imprescindible porque es la expresión real de tu arrepentimiento (“dolor por los pecados”) y de tu deseo de volver a los brazos del Padre (“propósito de enmienda”). Eso es lo más importante y, sin embargo, lo menos destacado.

En nosotros sí hay un futuro porque vivimos sobre la provisional alfombra del tiempo. En nosotros sí hay un proceso de maduración porque somos criaturas “en proyecto”, limitados, frágiles y libres. Ésa es la causa de nuestras perversiones y errores. Necesitamos, por tanto, una puerta que nos permita “expresar” nuestra travesía interior de la caverna (error) a los brazos del Padre (plenitud feliz). En el sacramento de la alegría reconocemos nuestros errores y vigorizamos nuestra “determinación de progresar” hacia una auténtica humanidad, venciendo el peso de nuestra animalidad. Lo que no se alimenta se muere, por eso es imprescindible repetir este proceso.

Ahí, al otro lado de esa puerta, siempre está el Padre con el perdón en las manos. No es que nos perdone en ese momento, somos nosotros los que nos inundamos de su perdón al echarnos en sus brazos. Lo mismo que se moja y se lava el que se zambulle en el mar. Lo mismo que se ilumina el que se mueve desde la oscuridad de la caverna a la luz exterior. Esto es lo que significa y escenifica este sacramento.

Lo que nuestro Padre-Madre desea es que rectifiquemos y no nos perjudiquemos más. No hay posible regreso si no reconocemos la huida (los errores). El pródigo no hubiera decidido volver si no hubiera reconocido el error de alejarse de la casa paterna (“examen de conciencia”). Pero lo definitivo es el sufrimiento del destierro, hacernos conscientes de que nos hemos perjudicado, sentir el dolor y el hambre al reconocernos lejos del confortable hogar paterno (“dolor por los pecados”). Eso nos llevará a tomar la decisión tajante de volver y dejar los cerdos (“propósito de la enmienda”).

Humanamente también necesitamos compartir nuestro fracaso y sentir el apoyo de alguien comprensivo, acogedor, no juzgador (“confesión de boca”). Esto último me parece lo menos importante y solamente necesario en determinadas circunstancias. Por eso defiendo la llamada “penitencia comunitaria” (bien preparada) con absolución general, que hoy no está autorizada. La defiendo -aunque practico y recomiendo la personal cuando uno se sabe preparar- porque la apertura al perdón y la determinación de volver al Padre (lo esencial) se prepara y se provoca específicamente en la penitencia comunitaria. Digamos que es el “sacramento guiado”, mientras que en la confesión personal suele dominar la rutina subjetiva y la lista de pecados, que para poco sirve. Además, reconocerse pecador junto a otros y decidir volver juntos tiene una fuerza especial, la fuerza de la Comunidad.

La absolución -en mi opinión- no es propiamente el perdón de los pecados sino la confirmación de que te ha inundado el perdón de Dios porque te has abierto a su perdón eterno. La fórmula “yo te absuelvo” -demasiado pretenciosa y ajena al Evangelio- podría ser algo así: “Tu apertura al perdón de Dios, tu arrepentimiento y tu deseo de volver a los brazos del Padre han borrado todos tus pecados y el eterno perdón de Dios se ha derramado sobre ti”. Esta fórmula o parecida nos recordaría que Dios no nos perdona en ese momento sino que estamos perdonados desde la eternidad y -muy importante- que lo ocurrido es que yo me he movido hacia el Padre y su perdón. Eso nos haría más responsables y nos recordaría que somos nosotros los que construimos o destruimos nuestra vida. Dios siempre se está derramando, siempre está a nuestro favor.

Me parece triste, además de erróneo, que nos consideremos “pasivos” en nuestra relación con Dios, quien es el que debe moverse, el que tiene que perdonar, el que tiene que conceder. Nosotros nos consideramos meros “piadores” o “empujadores”. Cuando la realidad es que Dios es inamovible, totalmente entregado, absolutamente bueno, enteramente enamorado de sus criaturas.

¿Cuándo nos convenceremos de que Él nos tiene todo pre concedido? Somos nosotros los que hemos de movernos, de abrirnos a esa realidad y actuar en consecuencia. Esa certeza constituye la fe básica de todo creyente. Sin eso, todo lo demás se convierte en creencia, rito, rutina, miedo o superstición. Cuando nuestra responsabilidad y nuestros actos han llegado a su límite, entonces surge el abandono total: “Actuar como si todo dependiera de nosotros. Confiar como si todo dependiera de Dios” (Ignacio de Loyola).

La confesión se convierte en mera rutina egoísta, en mera chimenea de la conciencia cerebral, cuando llegamos al confesionario como quien abre la lavadora para echar la ropa sucia, sin ánimo alguno de dejar de ensuciar, sin orientar nuestros pasos por el camino de vuelta, sin abandonar nuestros errores, inconsciencias, rendiciones o fantasías. Es decir, sin querer identificar y rectificar nuestros malos funcionamientos.

La llamada “penitencia” tendría que ser la invitación a fortalecer el funcionamiento contrario, es decir, la gimnasia de mover el buen funcionamiento. Si me acuso de violencia verbal, por ejemplo, la penitencia sería: “durante tres días ni una palabra más alta que otra”, en vez de rezar tres avemarías.

Dice la Escritura: “Por tanto, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; así llegarán los tiempos de consuelo” (He 3,19). El borrado de los pecados y sus consecuencias está en el “arrepentíos y convertíos”, NO en la verborrea. El consuelo llegará seguro si sales de los barrizales en que te has metido, pero NO si te limitas a relatar el color del barro.

Y poco más adelante: “Dios resucitó a su siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros, para que os traiga la bendición si os apartáis de vuestros pecados (He 3,26). La bendición, la felicidad, está ligada a apartarse de lo que nos causa daño real, terrenal, palpable. Eso que llamamos “pecado” no es una ofensa a Dios -como se nos enseñó- sino un daño real contra nosotros mismos o contra otro que, por supuesto, “le duele” a Dios.

¿Entonces sobra el sacerdote? ¡Todo lo contrario! Esta visión del sacramento traslada al cura desde la rutinaria labor de barrendero a su verdadera misión de médico, sicólogo, motivador, guía y testigo de nuestra decisión de volver a Casa. Nuestra naturaleza humana necesita signos externos (sacramento significa signo) para concretar y expresar el oscuro mundo interior, para que nuestra determinación adquiera volumen y se sienta apoyada, para que nuestra culpabilidad se diluya ante la seguridad de la misericordia de Dios, para palpar el perdón. Además, el corazón humano necesita ser acogido, comprendido y apoyado por otro corazón humano. Por eso el sacramento personalizado es muy conveniente. Por eso personas con finura espiritual de otras religiones nos lo envidian.

El “sacramento (signo) de la alegría” nos lleva a ese Padre-Madre, que nos ama apasionadamente, que nos recibe y nos pregunta: ¿Hijo mío, te hiciste daño? ¿Lo pasaste muy mal lejos de Casa? Es más, este sacramento revela la permanente Presencia que nos cura, nos acompaña, nos alimenta, nos anima a permanecer en el camino de vuelta. La libertad, nuestro más preciado don, puede convertirse en el arma más perniciosa cuando la usamos contra nosotros mismos. Por eso necesitamos un signo que exprese nuestra rectificación y curación.

Te propongo, para terminar, un análisis previo (lo que llamamos “examen de conciencia”) para el diálogo con el sacerdote antes de la gratificante absolución (confirmación de que Dios te ha perdonado y te espera desde la eternidad):

¿Qué va bien en mi vida? (Jamás detectarás tu sombra si no te pones a la luz).

¿Qué va menos bien? (Analiza desde lo que sientes, no desde los esquemas cerebrales).

¿Cuáles son mis aspiraciones? (Si no conectas con lo positivo del fondo, te será muy difícil rectificar y salir de los charcos habituales).

Y después: ¡Alégrate! ¡Libérate! ¡Camina decididamente hacia los brazos del Padre!

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

–> Lee El sacramento de la alegría (I): el gozo de volver a casa

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