¿Por qué no hay vocaciones al sacerdocio en muchas Iglesias?

21 09 2011

José Ignacio Calleja*

Uno de los lugares comunes en el diálogo entre católicos tiene que ver con la falta de vocaciones al sacerdocio, dando por hecho que todas son pocas, y, sobre todo, que hay diferencias muy importantes entre unas iglesias locales y otras. El caso “vasco”, donde soy sacerdote, es definitivo. La pregunta inmediata es por qué. Pues bien, ésta es la cuestión que escuché hace unos días al final de cierta “conferencia” y que, otro día, viví de primera mano en una conversación “vocacional” a la salida de misa. Escuché una “confesión de intenciones todavía no cuajadas”, estábamos varios, y guardé silencio ante las motivaciones. No era el momento.

La anécdota me ha hecho volver esta tarde sobre aquella conferencia “menor” acerca del cristianismo que nos cabe esperar en un futuro no tan lejano, lo cual me llevó a considerar modelos comunitarios bastante diversos dentro de un pluralismo inclusivo y, desde luego, inconfortable para todos. En esa ocasión, ofrecí algunas referencias para precisar lo que podemos llamar “un pluralismo católico incluyente”, asegurando una convivencia primero y ante todo, sana, y por supuesto, es nuestra vocación, fraternal. Sin duda una parte destacada del problema es saber de los límites “legítimos” del “pluralismo de comunidades en la Iglesia”, para preservar “la comunión en la fe, la esperanza y la caridad”. No es éste el momento de tratar la cuestión de los límites legítimos del pluralismo eclesial y sus pautas. (Desde luego, el uniformismo es pura pereza y miedo a no tener razón, pero no es el momento).

En aquel conjunto surgió, como no podía ser menos, la cuestión de los ministerios, y entre éstos, el sacerdocio ordenado y su futuro. Éramos cristianos y nos preocupaba el servicio pastoral a las comunidades del futuro, y por supuesto, la presencia o no de “Presbíteros” en ellas y de qué tipo. Nos inquietaba la coherencia de los modelos de comunidad y de presbíteros, pues es imposible reconfigurar una parte de la relación, las comunidades, sin atender a la otra, el sacerdocio ordenado. Esta dimensión del problema y el futuro, es la más decisiva, pero encierra demasiada carga teológica y pastoral como para que nos atraiga en un primer momento. La mayoría de nosotros tenemos una mirada de corto alcance, eclesiológicamente hablando, y enseguida vamos a niveles muy “superficiales” en lo que nos preocupa y enreda como fieles cristianos. Un planteamiento más de fondo, a la mayoría católica le (nos) parece ambigüedad y ganas de complicaciones improductivas. (“Improductivas”, ¡vaya palabra en la evangelización!). Y, así, surgió la cuestión de por qué no había vocaciones al sacerdocio entre nosotros, cristianos del País Vasco, y de otros lugares análogos. (Iba a decir “cristianos y cristianas”, pero, obviamente, no puedo decir “cristianas”, lo cual ya es significativo).

Para responder a esta pregunta, de forma rápida, pues el lugar lo requería, y sin volver a sesudos estudios sobre los procesos de secularización de las sociedades modernas, y la particularidad de sociedades con fuerte lucha “nacionalista” en su seno como sustitutivo identitario de “la religión”…, directamente, nos planteamos si era verdad o no que otras Iglesias de la Europa “rica y moderna”, incluida España, desde luego, tenían muchas vocaciones sacerdotales, ¡sólo hablábamos de éstas!; de ser así, cómo lo lograban, y, por fin, si el modelo de “éxito” era parte fundamental del plan que entre nosotros iban a desarrollar los Obispos Iceta y Munilla.

Este planteamiento relativamente “primario y simplificado” en relación a lo que hay en juego en nuestro cristianismo del futuro, presenta crudamente una realidad sobre la quise ofrecer esta respuesta. No hay tantos seminaristas en tantos sitios como a veces imaginamos; hay bastantes en algunos lugares muy localizados y donde se concentran los candidatos de procedencias muy variadas. De todos modos, la cuestión no ésta. La cuestión es que el tipo de seminarista que cuaja en los Seminarios más nutridos, y que llega al sacerdocio, en su inmensa mayoría estructura su vida bajo pautas religiosas y sociales que reproducen una concepción neoescolástica en cuanto al Credo, la Iglesia, el Sacerdocio y el Mundo. Este es el primer aspecto del problema. Puede decirse de varios modos, pero con éste nos entendemos y no es “injusto” con los hechos.

Sin duda, y profundizando, y por muy respetuosos que seamos unos con otros en la Iglesia, ni siquiera es sólo una cuestión de restauración neoescolástica global, sino que, a mi juicio, y apoyado en las más elementales nociones bíblicas y antropológicas, ese camino recorta descaradamente signos fundamentales del Reinado de Dios. Este es el problema, el de si la acción salvífica de Dios en Cristo va a seguir la senda de la historia humana, “ya sí-todavía no”, o la devolvemos al templo como lugar sagrado fuera del mundo, y sus Ministros, como “nuevo resto santo de los elegidos, por supuesto, para servir” y los sacramentos, maravillosas formas de poder religioso “ex opere operato”, por supuesto, para sanar. Eran cristianos “sencillos” mis interlocutores y todos entendieron lo que hay en juego. Y, ¿entonces?

Quise allí, y quiero ahora, ser muy práctico en la respuesta, y apelar a lo que es mi experiencia. Y en este sentido, me pregunto, ¿yo puedo, he podido, decirle a un joven, “mira, por qué no te planteas el sacerdocio como opción de vida”?, ¿yo puedo hacer esto? Sí puedo, pero con dificultades casi insalvables. Me muevo entre jóvenes y adultos cristianos muy abiertos a la “autonomía o mayoría del edad del mundo”, ¡no hablo de excesos relativistas o nihilistas, no; hablo de autonomía relativa a la dignidad humana, y a través de ella, a Dios!, y casi es imposible encontrar uno que entienda la pregunta “vocacional al sacerdocio” como “opción de vida cristiana”; he dicho “casi”; no ven para qué añadir eso y así a su ser “cristianos”; y cuando alguno me entiende, surge la cuestión del celibato obligatorio, y por más “imaginación” que yo le ponga, me sonríe y no me entiende. Con lo cual no estoy diciendo que el celibato obligatorio, entre las pocas vocaciones que pueden surgir en el círculo de laicos “modernos”, es definitivo para arruinarlas. Estoy diciendo que si sumamos la dificultad del tipo de Iglesia que ese joven o adulto “moderno” quiere —¡casi nada que ver con el “empoderamiento eclesiástico” que conocemos!— al celibato obligatorio que conlleva el sacerdocio, las posibilidades de plantear la vocación sacerdotal a gente cristiana de mi entorno son prácticamente nulas. Eso y así, no. Y es que piensan, y aciertan, que hay modelos de comunidad cristiana, que van a ser legítimos, cuya atención no va a pasar por un único modelo de presbítero. Esos modelos comunitarios no van a ser únicos, quizá van a ser minoritarios en los próximos cincuenta años, pero van a ser posibles. No van a prohibir todos varios otros modos, y van a estar en la única Iglesia en un pluralismo comunitario inclusivo, legítimo e inconfortable. Lo veo muy claro.

Esto me lleva a preguntar sobre cómo es que otros logran vocaciones para su forma de ser y ver la Iglesia. Ya lo he dicho. En las condiciones del presente —y ¡sin desprecio de nadie, pero con sentido crítico hacia todos!— es mucho más fácil una vocación sacerdotal en sectores sociales, culturalmente, “pre- modernos o anti-modernos”, religiosamente, proclives a modos fideístas de entender la fe y el Evangelio, sacrificiales en cuanto al sentido de la vocación cristiana en la historia, neoplatónicos en la antropología de referencia y con un fuerte aprecio de la primacía humana de los ministerios eclesiásticos en la Iglesia. Es en personas con un perfil religioso, cultural, social y hasta sicológico muy “concreto” —¡lo respeto, pero hay que reconocerlo!— donde puede resonar con alguna mayor facilidad la llamada al sacerdocio ordenado en los términos que lo conocemos configurado hoy. Esta es la realidad. Y es éste el camino, ¡en exclusiva!,  que se elige por Obispos y Diócesis, la mayoría poco a poco, para recuperar los presbiterios diocesanos. Es lo que se pretende ahora en el País Vasco.

Dicho esto, me preguntaron, si tan fácil es, ¿por qué no lo haces tú? No he dicho que sea fácil, he dicho que es el camino más natural y, ahora añado, y no lo hago porque no creo en él. Cuidado, las personas merecen todo el respeto del mundo, sus opciones y razones son tan discutibles como las mías. No por más numerosas, son más cristianas; no confundamos “eficiencia de resultados” con “verdad de los signos de los tiempos. Yo creo que con el Evangelio en la mano, cualquiera puede ver que ese camino es muy selectivo, descaradamente selectivo o sesgado, en el evangelio de Jesús. Lo pienso así, y no puedo apoyarlo como propio. Sacraliza de nuevo el Templo como el espacio esencialmente único de la fe religiosa, clericaliza a los sacerdotes y los principales ministerios en la Iglesia, desencarna la Palabra, y magnifica la función del servidor en relación al mensaje que lleva y al don universal que representa. No creo en ese camino, para mí, lo reconozco.

Es una elección tremenda, porque por ese camino hay más futuro social para el catolicismo; a mi juicio, con apariencia de contraculturalidad evangélica —¡esto le da un toque de prestigio!— pero al cabo, socialmente sometido; la institución eclesial —¡más que el catolicismo!— recibe reconocimiento “público y cultural”, una vez “aparcada” la fe en espacio de lo religioso, o de otro modo, individualizada, interiorizada y sin historia social. El camino del Evangelio, a mi juicio, es mucho más histórico y exigente para la Iglesia, en primer lugar, y para el mundo tan exigente como compasivo. Hay que elegir —¡por nosotros mismo, y no contra nadie!— hay que elegir, les dije a quienes me escuchaban. El pluralismo comunitario inconfortable trae mucha diversidad, pero hay que elegir y yo creo que es más justo —¡no más eficaz!— preferir el tipo de comunidades y ministerios, incluso el sacerdotal, que cabe imaginar como propios de un cristianismo “liberador”, “espiritual, humana y socialmente samaritano”, o para hacerme entender, “antirestaurador”.  No me gustaría un futuro neoconservador para la Iglesia, por más que ahora lleve las de ganar, y menos como futuro uniforme y a la fuerza. ¡Qué sesgada recepción del Evangelio de Jesucristo! ¡Qué pobreza y qué drama! No va a suceder. En la Iglesia no cabe todo, pero cabe mucho más que el neorestauracionismo “triunfante”; el tiempo va a demostrar que hay formas de comunidad y sacerdocio mucho más abiertas a la historia y al ser humano que las hoy, en buena medida y, teológicamente, “rutinarias”. Esto es lo que hay, y no sólo el gusto personal de ir contra éste o el otro, o la pretensión de mandar más o menos en la Iglesia. Está en juego el Evangelio de la fe en los próximos decenios; o con más sencillez, una forma menos sesgada de acogerlo entre todos y de evitar el acomodo en lo eficaz. O, en el fondo, ¿es también miedo de las consecuencias del Evangelio más entero? Paz y bien.

* José Ignacio Calleja es sacerdote y profesor de Moral Social Cristiana en Vitoria. Lee otros artículos suyos en FAST

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21 09 2011
camaronescpps

Hola José Ignacio:

Comparto muchas de las inquietudes que expones en este artículo. Parto del hecho de que soy seminarista religioso (Congregación de la Preciosa Sangre, para ser exactos). Durante mucho tiempo fui un laico comprometido con mi parroquia (Rekalde, Bilbao y después en Madrid). Y la verdad es que, a veces, el ambiente que veía en el seminario (especialmente en Madrid, pero también conocí a algunos kikos) definitivamente no era para mí. La clave de una ministerialidad sacerdotal, entendida no como un servidor clerical sino como un hombre que camina con el pueblo, dedicado por entero a él, lo intuyo mucho más fácil y valioso de llevar (para mí, ojo) en una congregación religiosa que en la mayoría de los seminarios diocesanos (quizá se deba, en parte, a que una Congregación religiosa tiene cierta libertad y cierto deseo de vivir en fidelidad creativa a su fundación y los signos de los tiempos, mientras los seminarios se guían demasiado por el “esto da dos seminaristas más que esto otro, tiremos por aquí”).

Lo cual me da cierta rabia, porque creo que toda la Iglesia debe ponerse al servicio del encuentro de esa vocación y de la facilitación (sin uniformización) de un espíritu donde se trabaja y acompaña a laicos maduros (presuponer lo contrario supone que los maduros, sencillamente, se irán o semiocultarán, porque no asumir madurez en la persona es frustrante, por muy servicial que se quiera o pretenda ser). En esta línea, yo sí me he sentido capaz de proponer a algunos jóvenes (pocos, porque tampoco abundan) el unirse a ciertas Congregaciones (no sólo la mía) pero aún no he sido capaz de proponerles ningún seminario diocesano. Siento decirlo, me apena decirlo, pero es así; sólo propongo lo que gozo.

Las preguntas decisivas para mí, acerca de cualquier ámbito formativo, son: qué tipo de persona forman. cómo se relacionan con el pueblo, cómo trabajan la solidaridad, qué espiritualidad les activa, qué horizontes de misión se plantean… Éstas me parecen las preguntas decisivas a la hora de recomendar o no ese espacio para un/una joven. Si esas preguntas están bien planteadas y contestadas, entonces sí que se abren horizontes para los jóvenes que quieran entregarse.

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