¿Dónde nace el perdón?

13 09 2012

Dedicado en especial a las Asociaciones de víctimas. Jairo del Agua*

La pregunta surgió ayer en un coloquio. Me pareció tan interesante que bien merece unas reflexiones.

Hay quienes no tienen dudas: “yo ni olvido ni perdono” -dicen- sin importarles que la televisión les esté delatando. Estas personas sufren un doble daño: el que les han causado y el que ellas mismas se causan cultivando un odio mordedor.

A quien, consciente o inconscientemente, se empecina e intenta liberarse por la venganza, poco se le puede decir. El propio odio le hunde y le encarcela. Porque conlleva la carcoma de la falta de paz, porque es contrario a la “vida positiva” que fluye en la hondonada humana. El odio es desear el mal del otro. El odio es muerte y genera muerte.

Hay quienes matizan: “yo perdono pero no olvido”. Algunos lo dicen porque perdonar está bien visto y les parece de mala educación decir lo contrario. El “no olvido” significa muchas veces: “antes o después me las pagarás; mantendré la espada en alto hasta que se me presente la ocasión de devolver mal por mal”. No han perdonado más que de boquilla, siguen deseando el mal a largo plazo, “la venganza se sirve fría”.

Otros, sin embargo, perdonan sinceramente y el “no olvido” significa que toman nota de por dónde puede venirles el daño, para tratar de evitarlo en el futuro. Esta postura es legítima y prudente. Perdonar no significa morrearse con el agresor.

La mayoría de nosotros -cristianos confesos- no hemos sufrido daños de noticiario y tenemos verdadero interés en perdonar las pequeñas o grandes afrentas de nuestra historia. Tenemos una idea, un deseo, un propósito, fruto de nuestro yo cerebral que se adhiere a los principios cristianos. Ya es algo.

Pero perdonar no es lo mismo que querer perdonar. Uno puede querer perdonar y comprobar cómo le ahoga el impulso de hacer daño a quien con daño le hirió. Eso sí, sin que se vea, sin que nadie lo note, sin que sufra mi imagen de civilizado y ecuánime.

Por mucho que yo estruje mis ideas o mis principios, si no desciendo al nivel del ser (a lo hondo de mí mismo), no brotará el perdón. Si además “quiero” (solo desde la voluntad) cumplir con la máxima de “amar a los enemigos”, entonces la situación cobra tintes dramáticos; la tensión y la culpabilidad pueden instalarse en la “conciencia cerebral” y hacerme caer en la desesperanza ante lo imposible.

Y es que el Evangelio -en contra de lo que muchas veces oímos o pensamos- no es un conjunto de normas, consejos o palabras buenas. El Evangelio es ante todo vida [1] y sólo puede integrarse desde donde nace la vida: desde el ser, desde ese fondo positivo y profundo donde residen los dones que constituyen mi identidad.

No basta saber, ni tampoco querer. El nivel cerebral es sólo el foco que nos permite adentrarnos en las profundidades, es el observador de las sensaciones que emite nuestro ser, ese diamante jaquelado que refleja nuestro parecido con Dios, ese “fondo preciosísimo” o “tu mejor tú” que diría Pedro Salinas [2]. Ese “tesoro” -del que habla el Evangelio- que tanto nos han ocultado nuestros clérigos bizcos con su parcial visión de pecados e infiernos.

Perdonar es conseguir que la aspiración a hacer el bien nos inunde. Esa aspiración, asumida conscientemente por toda mi persona, disipa la venganza, diluye el deseo de castigar, incluso el deseo de justicia como desquite o revancha legal.

¡Cuántas veces llamamos justicia a la venganza! Y hasta le pedimos a Dios que sea el ejecutor (doctrina judía del AT). Otras veces gritamos justicia, pero en realidad lo que pedimos es legítima protección y seguridad. Conviene analizarse con sinceridad para saber lo que vivimos. La frontera entre el bien y el mal es, a veces, sumamente delgada.

¿Yo, desde el fondo de mí, deseo el bien para quien me ha causado un mal de cualquier tipo o calibre? Si -a pesar de todo mi dolor- puedo contestarme afirmativamente, es que he perdonado. Es que no me he dejado encerrar en la cárcel de la venganza, en la prisión del odio, en la pulsión animal del instinto de revancha. ¡Soy libre! Estoy “venciendo el mal con abundancia de bien” (Rom 12,21), ese bien que mana siempre en mi interior, porque estoy hecho a semejanza del Bien infinito.

La dificultad está en que ese bien, residente en mis entrañas, no está suficientemente visitado, profundizado y canalizado para inundar los males con los que mi historia tropieza. Aspirar al bien, cultivar el bien, practicar el bien, dejar que inunde lo propio y lo ajeno. ¡Eso es perdonar!

Otra cosa es que la sensibilidad sienta aversión, antipatía, asco, rechazo, crispación, etc. En gran medida, esas sensaciones son la reacción lógica contra el mal en sí y no contra el malvado (“odiar el pecado y amar al pecador”, decían los maestros espirituales). Nadie puede querer que le claven un puñal por la espalda, le engañen, le amedrenten o le miren mal. Menos aún que le maten un ser querido.

Conviene saber, además, que hay personas que nos despiertan aversión o miedo por su físico, su tono de voz, su carácter, su estilo u otras circunstancias. Normalmente será porque esas características o circunstancias tienen algún parecido con algo o alguien que nos causó daño en el pasado; muchísimas veces ni lo recordamos.

Algunas personas, con finura humana y delicadeza de conciencia, se inquietan porque creen que no consiguen perdonar y que el rencor es la fuente de esas sensaciones negativas. No siempre es así.

El perdón, como el amor, nace del ser y no debemos confundirlo con lo que fluye a nivel sensible. A medida que crece una persona, las aspiraciones positivas inundarán mayor parte de su sensibilidad y las sensaciones negativas serán menos numerosas, menos intensas y menos duraderas. Pero siempre habrá una parte subconsciente imposible de evitar. De ahí la necesidad de estar bien anclados en el ser, en nuestra raíz, en nuestro “fondo preciosísimo” para que las ventoleras de la sensibilidad no nos lleven a la deriva.

Finalmente, será útil observar que en nuestro caminar coincidimos con personas, libros, blogs, música, naturaleza, ambientes, que nos vitalizan, que despiertan lo mejor de nosotros mismos, que nos motivan a seguir nuestro camino de maduración y liberación personal. Son relaciones vitalizantes porque estimulan nuestra vida profunda y nuestra vocación.

Hay otras, por el contrario, que entorpecen nuestro crecimiento, que nos apartan de nuestra misión. Son relaciones nefastas porque perjudican nuestro desarrollo personal. Me viene al pronto la relación de muchos con la telebasura y los éxtasis de moda. Es normal que las personas vitalizantes despierten nuestra adhesión, nuestra simpatía y nuestro amor.

Es normal igualmente que por las personas desvitalizantes sintamos rechazo o antipatía, lo que no significa odio ni ausencia de perdón. Paradójicamente hay relaciones nefastas que suscitan una poderosa atracción superficial. Es el caso, por ejemplo, de “los amiguetes”, “los ligues” u otras relaciones epidérmicas.

Es de sabios potenciar las relaciones vitalizantes y apartarse de las relaciones nefastas. Perdonar y amar a todos, sí. A todos desear el bien y, si es posible, hacérselo. Pero privilegiar la relación con los “ambientes humanos y materiales” que nos iluminan, nos motivan y nos ayudan a caminar. En ello nos va la vida, la auténtica vida. Donde mana la vida profunda fluye el perdón.

* Jairo del Agua es laico y padre de familia. Lee otros artículos suyos en FAST

_________________________________

[1] Jn 1,4 y 3,36 y 5,24; Jn 5,40 y 6,35 – 63 – 68; Jn 10,10 y 11,25 y 14,6 y 17,2 y 20,31.

[2] La voz a ti debida, v. 1449.

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3 responses

25 12 2012
ricardo

El que perdona SANA del pasado. Vacía la mochila que a veces puede
pesar toneladas. Con un pasado ENFERMO es difícil construir un futu-
ro SANO.

31 12 2012
ricardo

¿ Qué pasa con la moderación ? Ricardo

12 06 2013
Misa del Domingo 16 de junio, XI Domingo del Tiempo Ordinario | FERE-CECA-Andalucía

[…] del Agua: ¿ Dónde nace el perdón?, en […]

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