«Los limoneros», una hermosa metáfora

30 10 2008

Por Pedro Miguel Lamet, sj

Las tragedias, guerras, enfrentamientos y conflictos, como el inacabable de Oriente Medio, se pueden mirar desde el reportaje de actualidad, películas salpicadas de sangre y terrorismo, o a partir de hechos menudos y cotidianos. Eran Riklis, realizador israelí educado en los Estados Unidos y autor de films como Final de copa (1993), Tentación (2002) o la premiada La novia siria (2004), ha preferido este último camino para relatar el absurdo de aquella situación.

Salma Zidane (Hiam Abbass), una viuda de cuarenta y cinco años residente en un pequeño pueblo palestino de Cisjordania y propietaria de un campo de limoneros, se encuentra de pronto con que el ministro de Defensa israelí (Doron Tavory) en persona se ha hecho edificar una casa en la línea verde que divide Israel de los territorios ocupados, y que bordea su único patrimonio y herencia de familia: la parcela de limoneros. El ejército israelí no tarda en declarar que los árboles ponen en peligro la seguridad del ministro y ordena que sean arrancados. El hijo de Salma vive en Estados Unidos y sus hijas están lejos, pero la viuda decide luchar por sus árboles. Emprende una guerra legal que la llevará hasta el Tribunal Supremo de Israel. Contrata a un joven letrado palestino, Ziad Daud (Ali Suliman), que ha de desafíar a un auténtico ejército de abogados militares que cuentan con el apoyo del Gobierno. El letrado Ziad de treinta y cuatro años, divorciado de una rusa a la que conoció mientras estudiaba Derecho en Moscú, se enamora de Salma. Pero su relación es complicada y peligrosa porque las viudas palestinas no pueden hacer lo que les apetece, ni enamorarse, y menos aún de un hombre más joven.

Llena de coraje para seguir adelante en su propósito, a pesar de las presiones que soporta de ambos lados, el israelí y el palestino, se empeña e salvar los árboles que su padre plantó hace cincuenta años y que representan un dolor de generaciones. Del otro lado del campo de limoneros, Mira Navon (Rona Lipaz-Michael), la esposa del ministro, experimenta un despertar con ese conflicto. Perfecta esposa de un político en ascenso e infeliz en su nueva, moderna y custodiada casa, se siente vacía y sola, pero sobre todo descubre con quién está casada.

De este modo los limoneros constituyen el fulminante del drama y la metáfora de dos pueblos, compuestos de seres humanos con sus sufrimientos y sueños cotidianos, en absurda confrontación. Ambas mujeres solitarias, tan distintas y parecidas, sin que lleguen a dirigirse la palabra, parecen estar unidas en el silencio de una misma causa.

Cine político desde la anécdota y drama universal sobre la intolerancia, Los limoneros, que ha obtenido el premio del público en la Berlinale de 2008, es al mismo tiempo un film simbólico y realista, una metáfora sobre los muros que seguimos levantándonos entre los humanos. Correctamente realizada, sobria, sin maniqueísmos ni cursilerías, en una palabra eficaz en el manejo de un ritmo funcional y al mismo tiempo contemplativo, la película dirige su mirada con igual afecto y sentido crítico a ambos bandos: tanto al miedo que llega a levantar empalizadas hasta situaciones ridículas de parte israelí, como a las costumbres ancestrales de los palestinos, junto a la tragedia de fondo de ambas facciones.

Pero sin duda la fuerza del film la soporta Hiam Abbass en el personaje de Salma, que llena de belleza madura y serenidad altanera la pantalla. Ella encarna la vida en su identificación con la naturaleza de sus limoneros, frente al hormigón que crece y separa, como símbolo de la increíble paranoia. Con rasgos de humor, como el curso grabado que hace el centinela desde su torre de vigía, o la irrupción con metralletas de los soldados israelíes frente a una mujer del pueblo que riega o recoge limones, se trata de una obra que marca una cierta y sana distancia del problema.

Los limoneros transcurre pues con una sencillez fluida, pero capaz de captar al espectador que se identifica con esta mujer valiente y pasa al mismo tiempo un buen rato, a la par que, sin sangre ni alharacas, encuentra inteligentes puntos de reflexión sobre un conflicto sobre el que parecía que se había dicho y filmado de todo. Como siempre lo mejor y lo más grande brota de lo más menudo.

(Fuente: blog “El alegre cansancio”, 22/10/2008)

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