Por Jairo del Agua*
A este artículo le faltaba un peldaño. Al fin voy a intentar subirlo. Se me quedó en el tintero “el santo temor de Dios”, que creo merece alguna reflexión.
El temor es un elemento de nuestro sistema de defensa. Sin él nos estrellaríamos constantemente contra cualquier peligro. No hay más que observar a los niños. Ellos no temen hasta que desarrollan la conciencia de peligro o les contagiamos nuestros fantasmas. Al hacerse conscientes de los peligros de la vida, aprenderán a no meter la mano en la hura del alacrán (a mí me picó uno y no se lo recomiendo a nadie), a evitar un precipicio o a vigilar la cartera en el autobús. Muchos, muchísimos peligros nos acechan y es muy bueno tener temor para protegernos y espabilar nuestro cuidado. Leer el resto de esta entrada »
Es un título provocador, sí: ¿apología de Tomás? Pero si Tomás es el incrédulo, el escéptico; el que demandó una prueba para creer, para fiarse (Jn 20, 19-29).

El domingo 13 de enero de 2008 permanecerá siempre en mi memoria. Aquel día celebré la Eucaristía en una escuela de Kampala y, a continuación, me dirigí para hacer lo mismo en un pueblo cercano. Fue mi último servicio pastoral como sacerdote. Tras volar a Madrid esa misma noche, dos días después me encontré en un escenario harto distinto: haciendo cola a las puertas de una oficina del INEM. Atrás quedaban dos décadas de duro trabajo en el norte de Uganda con comunidades rurales desplazadas por la guerra y con niños soldado. Tras 22 felices años de sacerdocio, mi vida tomó otro rumbo. Delante de mí se presentaba un mundo desconocido: papeleos sin fin, despistes y desorientación en mi propio país, búsqueda de trabajo a una edad en la que muchos se prejubilan y los mil retos de ser padre de familia. La primera frustración me golpeó al cabo de dos meses, cuando el INEM me comunicó que no tenía derecho a recibir ningún subsidio de desempleo, ya que mis años de trabajo en África no contaban. Años, por cierto, tampoco cotizados a la Seguridad Social ni remunerados. Empecé desde cero, aunque mis estudios de Periodismo me hicieron tener más suerte que otros a la hora de buscar trabajo. Y mi congregación –los combonianos– me ayudó hasta que pude conseguir una cierta estabilidad. 
Todos tenemos algo o mucho de ignorantes. Además, suele ocurrir que el ignorante de más rango es el que más habla, de cualquier cosa, sobre todo de lo que menos sabe. Y eso que dicen que “de lo que no se sabe es mejor callar”. Leyendo la prensa hace un par de días, deduje que a José Saramago no le han explicado esto en su larga vida (a punto está de cumplir 87 años). Es uno de los escritores contemporáneos más leídos y reconocidos. En 1998 le concedieron el premio Nobel de literatura. Y a mí personalmente me encandiló con su Ensayo sobre la ceguera, una de mis novelas favoritas. Pero, vistas sus últimas declaraciones, ha demostrado que puede llegar a ser un ignorante. Y de los más atrevidos.
Entre los muchos testimonios que se han podido escuchar en el 



























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